Entonces, se contradicen en lo más hondo y ceden –gozosamente ceden– a la tentación de sí mismos”.
O quizá piensen ay, qué duro ser el único que.
Lo mismo que le pasó a Cristina Fernández en la Argentina, sin ir más lejos.
Los pierde eso que alguien llamó, tiempo atrás, la tentación de sí mismos: “Ese momento en que miran alrededor, miles de cabecitas allá abajo, y piensan pobres, qué sería de todos ellos si no estuviera yo.
Como si no pudieran aceptar la primera regla de la democracia verdadera: que no hay reyes sino delegados.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/02/24/actualidad/1456312836_185356.html
