En la madrugada del pasado 27 de marzo apareció de pronto sembrada en el antiguo prado de las ovejas de Central Park.
Trump sabe perfectamente que soñar en ganar California sería cavar su propia tumba, si no confiara en ganar Texas, Virginia, Pennsylvania u otros estados de inmenso peso en los colegios electorales, considerando que el utópico jugo de la democracia norteamericana no depende del voto directo de los ciudadanos, sino del conteo de los llamados delegados.
Como epitafio, el simpático bromista –hasta hoy, anónimo—cinceló: “Hizo que América volviera a odiar”.
Aún sin fosa, se trataba del monolito clásico en piedra gris que pesa media tonelada de silencios en quienes pueden pagar poco más de dos mil dólares por ese tipo de lápida.
Dejemos de lado la necia propensión –ya automática—con la que una inmensa mayoría de estadounidenses se adueñan del nombre de América, como si el continente no cubriera desde Alaska hasta Patagonia, y concentrémonos en la piedra.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/05/10/america/1462899501_561595.html
