Ellos, que de por sí poco alimento han probado desde que desaparecieron a sus hijos, mucho menos logran conciliar el sueño.
Un año y no se cansan, es cierto, pero sus cuerpos campesinos ya resienten el dolor y el agotamiento.
Hoy, más que nunca, tienen la certeza no sólo de que sus hijos no fueron incinerados en el basurero de Cocula, sino de que tarde o temprano la verdad vendrá de la mano de ellos.
Y terminan el año nada menos que con un ayuno.
Hay corazones que se agotan, como el de Martina, la madre de Jhosivani Guerrero de la Cruz, que no pudo viajar a la ciudad de México, aunque quería participar en el ayuno.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/26/opinion/012o1pol
