Su pacífica existencia es alterada con la llegada de un quinto sacerdote que se suicida cuando un desconocido en la calle lo culpa a gritos de haberlo sometido a abusos sexuales.
Los sacerdotes exiliados resultan ser unos monstruos y la monja es aún peor, sin cualidad que los redima.
Por costumbre, he procurado cubrir aunque sea de manera parcial lo que el cine latinoamericano ofrece en los festivales internacionales.
Llámenlo un intento, a veces mal correspondido, de ser solidario con la causa.
Larraín había hecho películas estimables (Tony Manero, 2008; No, 2012) y uno esperaba algo en una línea similar de crítica social.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/09/14/opinion/a14a1esp
