Aquel día, González de León tenía colocado en un atril el último libro que había atrapado su curiosidad.
El genio se acercó al muchacho mexicano con una servilleta donde había esbozado tres gestos de lápiz.
Su apetito intelectual inmune a la vejez, ansioso por salir de viaje al día siguiente hacia París y San Petersburgo.
La buena arquitectura debe ser un escenario cambiante, no un elevador en el que subes y bajas, subes y bajas”.
“Acaba de pasar por ahí una pareja de ardillas”, dijo Teodoro González de León en el jardín de su casa, un remanso de paz arquitectónica en el corazón de su querida –por más que criticada por enorme, gris y desmesurada– Ciudad de México.
Fuente: http://elpais.com/cultura/2016/09/16/actualidad/1474053432_358704.html
