Eduardo Bautista

En los medios informativos, y cada vez más, desde las redes sociales, se va construyendo el espacio público privilegiado para el debate de ideas, el prestigio, pero también la denostación de  personajes y grupos sociales. En este espacio se desenvuelven periodistas comprometidos pero también diversos actores con intereses económicos y políticos.

En este sentido, es cada vez es más frecuente que los medios den cuenta de filtraciones que son facilitadas desde el poder gubernamental o económico, de manera independiente a las investigaciones periodísticas, lo que revela que la práctica de la vigilancia de distintos actores públicos está a la orden del día y que puede ser utilizada de diversas maneras.

Hay filtraciones de todo tipo y magnitud, desde aquellos que pretenden apuntalar acontecimientos como si se tratara de acciones espectaculares, hasta conversaciones privadas de políticos locales que muestran el ambiente de revanchismo político y electoral, por la intención de su difusión, así como la degradación cívica y moral de los involucrados, por los contenidos de las mismas.

Independientemente de lo que revelan las filtraciones de distinto tipo, si son buenas o malas, si desnudan verdades ocultas, si son relevantes o triviales, si están al margen de la ley, lo que es un hecho es que ocurren y seguirán ocurriendo para la formación de opiniones; para el posicionamiento de unos en detrimento de otros. Por ello es importante no perder de vista que es lo que se quiere hacer creer, porqué y para qué.

Al parecer no podremos evitar la escalada de filtraciones y ante ello resulta necesaria la revaloración del periodismo crítico y de investigación, que evite caer en el juego de los actores con poder y ayude a leer esas filtraciones desde diferentes ángulos, ¿quién filtra y con que propósito? ¿a quienes beneficia? ¿a quienes afecta?¿qué revela el contenido de las filtraciones?

Por ejemplo, es difícil de creer que la investigación detallada y cronológica que presenta la televisión comercial sobre la recaptura del narcotraficante Joaquín Guzmán, “el Chapo”, es producto del trabajo periodístico y de la agudeza de su reportero estrella. Más bien, parece un guión fabricado desde los cuerpos de inteligencia y seguridad y que el presunto periodista solo se presenta como actor.

La producción de ese acontecimiento, la transcripción de las conversaciones entre los involucrados, las facilidades para entrevistar a los agentes, como el que cayó herido y fue entrevistado en el hospital, tampoco  resulta un mérito periodístico, sino que muestra el papel que juega ese sector de los medios informativos como voceros de las versiones gubernamentales. Seguramente con dinero y privilegios de por medio.

A partir de este ejemplo podríamos hacer una revisión acuciosa de los distintos contenidos de los medios informativos para distinguir lo que es producto de un buen trabajo periodístico de lo que simple y llanamente son trascendidos o versiones desde gobernantes y grupos de interés.

Así, podemos llegar hasta los escándalos políticos locales, de conversaciones que hablan de alianzas facciosas, evidencias de corrupción, hasta el perfil psicológico y la calidad humana de quienes conversan, trátese de un ex  gobernador del PRI con un presunto opositor perredista, de un representante del gobierno estatal de alternancia tomando acuerdos con priístas, panistas y perredistas, etcétera.

Hay conversaciones que dicen mucho de sí mismas; no es necesario descalificar a un personaje u a otro.  El lenguaje empleado entre los involucrados se encarga de poner  a cada quien en su lugar, y desafortunadamente, para quienes esperan mayor nivel de la política o de los ingenuos de sus prácticas, puede quedar el mal sabor de la frustración y del fastidio.

Más aún si se piensa que en manos de ese tipo de gente se encuentran las alianzas electorales, los acuerdos legislativos y de gobierno, de la orientación de las políticas públicas, la conciliación y la buena política. Oaxaca y ninguna sociedad merece a ese tipo de políticos.

Nada bueno se puede esperar de quienes hacen alardes del uso de recursos públicos, de priístas que brindaron dinero a sus opositores, de las lealtades que se compraron, de quienes ofrecen aviones y de quienes, operando candidaturas desde la presunta izquierda, piden tratos de rey para sus próximos encuentros.  Pero al parecer, así llegan a las negociaciones.

En este ambiente de descomposición resulta cada vez más necesario el trabajo del periodismo con compromiso social, que ayude a leer de manera crítica los trascendidos, que coadyuve con investigaciones originales sobre los temas que son realmente relevantes y no se quede en la repetición de las intrigas de los pasillos de los gobiernos y los partidos que se convierten en meros distractores.

Para renovar el optimismo es importante insistir en que los ciudadanos son los verdaderos actores del cambio democrático y que el buen periodismo debe alentar esta posibilidad.  El cambio no está en ese sector que ha vivido y se ha servido de la política y que contamina los espacios públicos con sus exhibiciones de degradación humana en un ambiente de impunidad.

Investigador del IISUABJO. Integrante del Sistema Nacional de Investigadores Conacyt.
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