Lucirá a partir de ahora en el museo de la zona cero, donde se mezcla la historia y la memoria.
Allí cohabita quien lo vive en la memoria y quien lo siente ya como historia.
Anderson fue uno de los encargados de transportar material en la zona cero aquel día y los siguientes.
Aquel día su padre, un detective de la policía de Nueva York, libraba, pero la que después sería su esposa, también agente, lo levantó de la cama porque Manhattan había sufrido un atentado.
Recuerda las catedrales de escombros, las carreras y los gritos, pero, sobre todo, aquella insoportable nube de polvo que le envenenó.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2016/09/10/estados_unidos/1473521584_808407.html
