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AL GRANO | Trigo transgénico: Otra evidencia de la imposible contención
Por Emmanuel González-Ortega
26 de junio, 2018
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Emmanuel González-Ortega

El trigo, junto con el maíz y el arroz, son granos que fundamentan la dieta actual de la humanidad. Aunque las diversas variedades de trigo que se conocen y consumen actualmente tienen su centro de origen y diversidad en regiones mediterráneas y algunas de Asia, esta planta se ha adaptado a muchas otras zonas y climas del mundo, y de manera relevante, a las prácticas agrícolas particulares de las diversas culturas, de tal manera que este cereal es uno de los más consumidos. Se prevé que a nivel mundial se producirán 283 millones de toneladas para el ciclo 2018/2019, por lo que no se pronostica un desabasto de trigo o un encarecimiento del grano para consumo humano en los próximos meses.

En el contexto de la agricultura dominante (altamente tecnificada, con uso masivo de agroquímicos y variedades vegetales híbridas) se ha discutido si los cultivos transgénicos aumentarían los rendimientos productivos, si realmente pueden resistir al ataque de plagas, o incluso si hay cultivos transgénicos adaptados a condiciones de falta de agua, o al calentamiento global.

Aunque hay evidencia de que la generación y producción de los cultivos transgénicos están apoyados en la industria química y biotecnológica altamente tóxica para la salud y el ambiente, y que definitivamente no producen un aumento en el rendimiento productivo, las corporaciones transnacionales continúan impulsando argumentos sobre supuestas bondades de los OGMs.

Sobre lo que si hay datos contundentes, generados por centros de investigación independientes como GRAIN y Grupo ETC, que han sido respaldados por la FAO, es que la alimentación de un gran porcentaje de la humanidad está provista por la actividad campesina en pequeña escala, con semillas y animales nativos, propios de los campesinos, y adaptados a las condiciones de cada localidad y modo de agricultura.

A mediados de junio se reportó la “aparición” de trigo transgénico en una localidad apartada de Canadá, en la provincia de Alberta. Aunque en Canadá se permite la siembra de variedades transgénicas de soya, canola y maíz; el cultivo comercial de trigo transgénico nunca ha estado permitido.

El trigo genéticamente modificado se encontró durante la actividad cotidiana de un trabajador encargado de asperjar herbicida en los bordes de las carreteras; al darse cuenta de que el trigo que crecía en el camino no se moría después de la aplicación del herbicida, la Agencia Canadiense para la Inspección Alimentaria recogió muestras de ese trigo y las analizó en el laboratorio. Los hechos ocurrieron en enero pasado, pero no fue hasta el mes de junio que se hicieron públicos. Los resultados del laboratorio indicaron que el trigo es transgénico: trigo transgénico tolerante al herbicida glifosato. Para sorpresa de los analistas, el trigo transgénico que se encontró creciendo libremente no corresponde con ninguna de las 450 variedades de trigo registradas en Canadá, aunque si que se detectó que contiene algunos elementos genéticos similares a los de un trigo transgénico que sembró la empresa Monsanto en el año 2000, en un sitio a 300 kilómetros de distancia. En resumen, las autoridades agrícolas y sanitarias de Canadá no saben cómo llegó el trigo transgénico hasta el sitio en el que se encontró. Quizá nunca lo sepan.

El hallazgo del trigo transgénico canadiense ya ha provocado reacciones en diversas partes del mundo. Canadá es uno de los mayores exportadores de trigo en el mundo y ante la noticia del trigo transgénico y el posicionamiento de las autoridades canadienses respecto a que el trigo transgénico no representa ningún peligro, países como Corea del Sur o Japón han suspendido temporalmente la compra de trigo desde Canadá. En ningún país del mundo, en ningún momento de la historia se ha permitido la siembra comercial de trigo transgénico, ¿porqué? La explicación tiene un trasfondo profundamente racista: históricamente el trigo ha sido la base de la alimentación de la cultura occidental, y la población de esa región del mundo se ha opuesto a la contaminación de sus alimentos (basados en trigo); sin embargo, se le ha permitido desde hace años a las corporaciones biotecnológicas transnacionales la modificación del maíz, el arroz, la soya, la berenjena, entre otros, para ser comercializados industrialmente aún cuando se sabe que esos alimentos son esenciales para la alimentación en el sur global. Además, la experimentación con el trigo transgénico ha ido más lentamente, tanto por cuestiones tecno científicas (bajos rendimientos en la inserción de transgenes), como por cuestiones de aceptación en el mercado.

Un riesgo adicional de la agricultura tecnificada e intensiva particular del trigo (y de otros cultivos) es la utilización de “agentes desecantes”. Este eufemismo se refiere al uso de herbicidas, en particular de glifosato (https://pagina3.mx/2018/05/herbicidas-basados-en-glifosato-mas-toxicos-de-lo-se-pensaba/ ) y esta estrategia es ampliamente usada en la agricultura convencional orientada a la producción masiva. El tratamiento pre-cosecha implica la aspersión de glifosato casi al final del ciclo agrícola del trigo para sincronizar la muerte de las plantas y así cosechar el grano en una sola etapa, lo cual puede significar que residuos del herbicida en los alimentos. De acuerdo a datos de la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA, en inglés), los productores agrícolas llegan a asperjar herbicidas hasta en el 70% o más de la superficie cultivada. El uso de glifosato de acuerdo a la EPA es usado ampliamente en diferentes cultivos tales como: alfalfa, almendra, arroz, moras, uvas, calabaza, zanahoria, limón, aceituna, cacahuate, espinaca, sorgo, maíz, caña de azúcar, fresa, entre otros muchos.

En definitiva, el hallazgo de trigo transgénico en un país en el que no está permitida la siembra comercial (ni para fines experimentales desde años antes) de ese cultivo modificado es una confirmación más de la imposible contención de los cultivos transgénicos aún en los países desarrollados que presumen medidas de bioseguridad rigurosas (existen muchas evidencias científicas adicionales que lo documentan https://www.testbiotech.org/sites/default/files/Testbiotech_Transgene_Escape.pdf ). 

Los cultivos transgénicos producen efectos múltiples en ámbitos diversos: generan costos o pérdidas económicas a la producción agrícola de exportación (el caso del trigo explicado antes); implican directamente la pérdida de la soberanía alimentaria, es decir, significa el descartar a los campesinos y productores de alimentos en la decisión sobre qué sembrar, cómo hacerlo, con qué semillas, en que tiempos; implica la degradación y contaminación de los suelos con agroquímicos venenosos; la contaminación del agua y la contaminación de los alimentos; restringe las opciones de alimentación de las personas con los consiguientes efectos directos sobre su salud. Todo lo anterior a expensas de las ganancias millonarias de las compañías semilleras biotecnológicas.

Más información:

https://desinformemonos.org/el-final-de-monsanto/ 

    

    

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