Hospital incurable | Mujeres y medicina. Tercera parte. (Mientras tanto, en México).

Adrián Lobo

Según el artículo “Inicio de las mujeres en la medicina mexicana” (Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM, Ana Cecilia Rodríguez de Romo y Gabriela Castañeda López), las primeras médicas en México se encontraron con que en ninguna escuela existía una prohibición expresa que impidiera su ingreso, las investigadoras afirman que: “Ellas gozaron del apoyo de las autoridades tanto gubernamentales como académicas. Destaca el gran número de becas que obtuvieron, aunque su monto era muy variable. Provenían del gobierno federal, de los estados o de la misma Universidad.”

Aunque eso no significa que todo era miel sobre hojuelas, sino más bien que en los claroscuros de sus historias los momentos de oscuridad no fueron tanto de umbra como de penumbra. Las mismas investigadoras aclaran que: “El hecho de que las autoridades gubernamentales y universitarias las hayan apoyado en sus intereses académicos no significó que sus pares masculinos las hubieran aceptado e incorporado a sus asociaciones sólo por haber estudiado medicina.”

Pero seguramente aquellas condiciones fueron de alguna ayuda para que Matilde Petra Montoya Lafragua se convirtiera en 1887 en la primera médica cirujana graduada por la Escuela Nacional de Medicina. Sin embargo ya había obtenido el título de partera años antes, debo reconocer que en este punto estoy confundido y no tengo nada por seguro porque un artículo titulado “Una historia clínica de misoginia” (Revista Clío, Salvador Rosales y de Gante, José Gaspar Rodolfo Cortés Riveroll y Domingo Pérez González) menciona que consiguió el título de obstetra en la Escuela de Parteras y Obstetras de la Casa de Maternidad en 1873 y también menciona que nació en 1852, mientras que la Wikipedia consigna como su fecha de nacimiento el 14 de marzo de 1859 y por su parte el portal WikiMéxico menciona la fecha 14 de marzo de 1857. Así es que no me queda en realidad muy claro a qué edad obtuvo ese título realmente porque en un documento titulado “Historias de vida. La mujer en la medicina” (revista “Medicina universitaria”, Sandra Elizabeth Jaramillo-Tallabs)  se menciona que obtuvo el título de partera en 1877. El caso es que poco después, ya ejerciendo como obstetra en Puebla, supuestamente con sólo 18 años, parece ser que despertó los celos de la competencia, justo como le había sucedido a Agnodice hacía tantísimos años aunque la mexicana sin esconder su identidad, así que aquellos buscaban descalificarla llamándola “liberal, masona y protestante”, ¿pero no están también proscritas las mujeres de la masonería? Bueno, no importa, continuemos. Supuestamente incluso en diarios locales se publicaban artículos donde hacían llamados a no acudir a solicitar los servicios de “esa mujer poco confiable” pero por otro lado en una ceremonia pública realizada en ocasión de su admisión oficial en la Escuela de Medicina de Puebla estuvieron presentes nada menos que “el gobernador de la entidad, los abogados del Poder Judicial, maestras y damas de la sociedad”. Eso no impedía que los ataques continuaran, la llamaban “impúdica y peligrosa mujer que pretende convertirse en médica”, así es que las presiones la orillaron a desistir de su empeño por un tiempo. Cuando volvió a la carga, ahora en la Ciudad de México, en la Escuela Nacional de Medicina, todo parecía ir bien pero los ataques continuaban y sus detractores argumentaban en su contra que “debía ser perversa la mujer que quiere estudiar Medicina, para ver cadáveres de hombres desnudos”. Hubo también objeciones al parecer por parte de algunos docentes y alumnos que señalaban que algunas materias cursadas por Matilde en escuelas particulares no eran válidas, argumento con el cual al parecer lograron darla de baja, al menos temporalmente. Matilde entonces solicitó que se le permitiera revalidar o volver a cursar dichas materias (que no eran otras más que latín, raíces griegas, matemáticas, francés y geografía) por las tardes en la escuela de San Ildefonso pero, malhaya sea su calabaza, la rechazaron con la vieja, estúpida y conocida excusa de que el reglamento hablaba de “alumnos” y no de “alumnas”, supongo que todo eso valida de alguna forma la proclama de quienes defienden el lenguaje inclusivo donde se intenta visibilizar al género femenino que quizá justificadamente se puede sentir excluido con ciertas formas de uso del idioma.

Ocurrió entonces, a mi parecer, uno de los momentos más intensos y trascendentes de esta historia con la aparición en escena con acciones decisivas nada más y nada menos que de Porfirio Díaz. Uno se podría preguntar qué podría en este caso haber hecho un dictador cuya frase célebre “mátenlos en caliente” habla de él como alguien temible y despiadado. Por fortuna no la arrestó para mandarla a trabajar en Valle Nacional ni la envió en calidad de esclava a una hacienda productora de henequén, por agitadora. Pues no, resulta que la apoyó y convenientemente aceitó la maquinaria para que todo funcionara como era debido y todo eso simplemente dando unas cuantas “recomendaciones”, ¿y quién iba a oponerse a Don Porfirio en ese tiempo? Esto en lo personal me da otra visión del paisano Díaz. Algo más cercano al “pan y palo”, como que el viejo pensaba: “Todo lo que quieran por las buenas, pero calmaditos y en orden”.

El caso es que Matilde Montoya viéndose impedida en San Ildefonso de revalidar sus materias decidió enviar una carta al presidente explicándole las dificultades que se le imponían, quien al tener conocimiento de la situación dio instrucciones al ministro de Instrucción Pública, Joaquín Baranda, para que hiciera la “sugerencia” al director de San Ildefonso de destrabar el asunto, lo cual efectivamente ocurrió. Pero si esto pudiera hacer creer que en adelante todo marchó sobre ruedas es menester aclarar que no fue así. Al parecer había un escándalo entre las damas ante la sola idea de que Matilde hiciera sus prácticas de anatomía rodeada de sus compañeros varones pero un poco para consuelo de ellas y tranquilidad de ella misma esas prácticas las realizaba supuestamente a solas y con los cadáveres pudorosamente cubiertos. Esto me resulta poco creíble, no dudo de Matilde fuera una mujer inteligente pero usualmente uno como estudiante precisa de cierta orientación de parte del maestro, además de los libros. De haberse abocado ella sola a esas prácticas alguien podría hasta haber muerto… Bueno, en realidad no, pero vamos, que al menos en alguna ocasión algún maestro pudo haberla guiado en alguna forma. No deseo restarle ningún mérito a la doctora así es que también he de resaltar que si efectivamente afrontó esa parte de sus estudios a solas es aún más digna de admiración y respeto. Otro poco de luz se vio en toda esta trama con un grupo de alumnos que dieron su decidido apoyo a Matilde, que incluso llegaron a ser conocidos como “Los Montoyos” y así más o menos transcurrió el tiempo hasta llegar al momento culmen de sus estudios universitarios: La hora de hacer su examen profesional. Y otra vez la misma cantaleta, no se le iba a permitir hacerlo porque en los estatutos de la escuela se mencionaban “alumnos” más no decía nada de “alumnas”. Ya en este punto Matilde era imparable, por su determinación creo que en realidad siempre lo fue, pero ya en tales instancias había llegado muy lejos como para arredrarse y dimitir, de modo y manera que volvió a recurrir a Don Porfi (me imagino que a estas alturas ya eran grandes amigos y hasta conversaban por Telegram… quiero decir que se enviaban telegramas, que usaban el telégrafo, ya que esa fue una de las tecnologías traídas a México por Don Porfi). Así que nuevamente el General tomó cartas en el asunto, pero como a veces era muy respetuoso del orden y de las instituciones y sabiendo que dichos estatutos de la escuela sólo se podían modificar por medio de la cámara de diputados, les envió una solicitud para que lo hicieran. Por desgracia cuando aquella llegó, la cámara no estaba en sesiones. Por fortuna el General era un tipo muy resolutivo y además impaciente, no iba a esperar a que la cámara volviera a sesionar, hombre, faltaba más, faltaba menos… Así que lo que hizo a continuación fue emitir un decreto que cambiaba lo que se tenía que cambiar para que mujeres pudieran graduarse como médicas. Con todo y eso los detractores siguieron escupiendo su veneno y llegaron a decir que Matilde se había graduado por decreto presidencial.

Otra vez el artículo de la Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM antes citado asegura que se trata de un mito, pero otras fuentes señalan que para la realización del examen profesional correspondiente dispusieron en la Escuela Nacional de Medicina prácticamente de la peor aula en el rincón más oscuro y lúgubre de la escuela y seleccionaron especialmente para ella el jurado más difícil pero nuevamente sucede algo completamente inesperado y casi increíble: Don Porfirio avisa que acudirá personalmente al evento, haciéndose entonces el milagro de habilitar el Salón Solemne de Exámenes Profesionales para la ocasión. Tras dos horas de exponer y defender su tesis titulada “Técnica de laboratorio en algunas investigaciones clínicas” y responder correctamente a todas las preguntas fue aprobada por unanimidad. Recibió entonces el aplauso de los presentes y rompió en llanto. No era para menos, fueron años de entrega, de lucha, esfuerzo y enfrentar un sinsentido tan grande y fuerte que me imagino que quizá alguna vez en sus momentos más oscuros se llegó a preguntar si realmente lo lograría y si todo aquello valía la pena. Pero lo valía. Y sigue valiendo. Y mucho.

Al día siguiente se le realizó el examen práctico en el anfiteatro del Hospital de San Andrés, ejecutó las disecciones que se le pidieron y después el jurado se retiró para deliberar. Cuando volvieron a entrar en la sala ella a su vez entró en la historia al convertirse en la primera médica cirujana de México graduada en la Escuela Nacional de Medicina. La emoción del momento fue tanta que se dice que palideció y cayó desmayada teniendo que ser asistida por sus compañeros.

Una nota periodística de la época auguraba: “…el ejemplo dado por la señorita Montoya, asegura la llegada de una nueva era en la que la mujer, querida como hija, santificada como esposa y adorada como madre, vendrá a ser por genio, virtudes e ilustración, la generadora de la idea y la protagonista de la nueva civilización”.

Aquellas fueron palabras casi proféticas, el artículo antes mencionado de la Revista de la Facultad de Medicina de la UNAM dice:

En la actualidad, más de 150 años después, [de la graduación de Elizabeth Blackwell en 1849] se usa la palabra “feminización” para expresar que predominan las mujeres en las escuelas o facultades de medicina en el mundo.

Yo que nada sé del séptimo arte creo que es ésta toda una historia sorprendente, digna de una película. Así es que Ponchito Cuarón, si estás leyendo esto (que yo sé que así es), ve tomando nota, hay un Oscar detrás de todo esto, pero sólo si me contratas como guionista, o bueno, como asistente del asistente del… bueno, no importa en realidad, me conformo con un crédito en el apartado “Idea original”. Pero de hecho ya tengo definida hasta parte del elenco. Vea usted: En el papel de Matilde Montoya, Salma Hayek. En caso de estar muy ocupada con una película de Adam Sandler una segunda opción sería el debut estelar de Lila Downs. Y como “Special guest star: Sergio Goyri as Don Porfirio”. Bueno, no, mejor Humberto Zurita. O Héctor Bonilla.

Adrián Lobo. | hospital-incurable.blogspot.com | adrian.lobo.om@gmail.com