—Te gusta mi sapito? Mi amor, mi amor, dime: te gusta mi sapito?;  preguntó, jadeante, Julissa, mientras cabalgaba desnuda sobre mi huesuda pelvis, en un oscuro cuarto de motel barato, en una ciudad del sur de México.

Guardé silencio; le di dos palmadas con la mano derecha en la nalga izquierda en señal de asentimiento –era un código entre nosotros–; la tomé de la cintura con las dos manos y comencé a moverla más aprisa, con cadencia,  para que ella entendiera que disfrutaba de su estrecha y jugosa vagina, pelada a rape, como me gustaba a mí, y como ella solía estar, dizque por cuestión de higiene.

–“Vente en mi, vente en mi”, le pedí, igual de agitado tras esos minutos de esa lucha entre el estar y el ir.

–¡¡Juntos papito, vámonos juntos mi amor!!, fue su escueta respuesta.

Inesperadamente se iluminó la pantalla de un celular, no sé si el mío o el de ella, y pude verla mordiéndose los labios, posesa, con el  rostro parcialmente cubierto por su lacia cabellera. Los ojos desorbitados, como quien quiere ver el techo sin mover la cabeza hacia arriba.

Julissa continuaba moviéndose cadenciosa, ondulante, de atrás hacia adelante, como una amazona experta en las lides de la monta en la cama. 

Y aunque no lo crean, cuando subíamos la intensidad, la cama se despegaba de la pared y avanzaba por el cuarto, hasta llegar al centro de la habitación, como movida por un hechizo.

Era increíble. Incansable. Insaciable esa Julissa.

A ratos quitaba de golpe su delgado cuerpo, se desmontaba y se bajaba a lamer y chupar mi falo inhiesto, o se volvía de espaldas igual para cabalgar o para colocar su desbordado sexo sobre mi rostro, hasta lograr un 69 perfecto; haciéndome ver las estrellas y el sistema solar completo, aún con los ojos cerrados. 

Esa gloriosa noche, como muchas otras veces, en el humilde cuarto del motel Villa Magna vi sus pechos pequeños atrapados por sus manos, como queriendo arrancárselos de cuajo. En los últimos minutos, a punto del orgasmo, pasaba las manos por detrás de su nuca, experimentando una sensación de amazona en máxima libertad.

Después, delirante, estallaba en plenitud, echando el cuerpo vencido hacia atrás. Yo colocaba mis manos en sus piernas, delgadas pero firmes, y los dos nos dábamos unos minutos de descanso antes de repetir la misma hazaña, en distinta posición. 

Al final, los dos terminábamos como el conejito de los memes, casi desmayados pero siempre uno al lado del otro, sudorosos, tambaleantes pero abrazados. Yo, además, acababa con las marcas de sus uñas  en el abdomen, y con muchos pelos menos en el pecho.

II

Pinche Flaca. Te lo tengo que decir, aunque suene cursi: contigo conocí el cielo y el infierno. Llegaste a mi vida cuando más te necesitaba, cuando más solo estaba. Cuando me quería quitar la vida, no por el abandono de mi mujer, Rebeca, sino por el alejamiento de mis hijos aún pequeños. 

Recuerdo perfectamente ese día en La Casa de la Imagen, en Cholula. Era septiembre, Fiestas Patrias, y cursabas el tercer semestre de la carrera de Comunicación, en la Universidad Iberoamericana. Eras casi una niña, traga años además.

Yo daba un taller de fotografía, enmascarado. Te quedaste sentada hasta el final de la exposición, ya entrada la noche, y cuando todos se fueron te vi anclada, mirando como ida una foto de Benito Juárez, fotógrafo.

–Es una fotocomposición, verdad?, preguntaste, ingenua.

—Obvio, dije e inmediatamente me sentí mamón.

Me arrepentí de la respuesta y me paré junto a ti a explicar que todo lo que hubiera en La Casa de la Imagen tenía que ver con la fotografía –los cuadros, las gorras, las tazas, los afiches–; Benito Juárez no podía ser la excepción, por muy Presidente de la República que haya sido.

Vimos juntos los demás cuadros; te enseñé la tienda del Espacio Cultural y más tarde nos adentramos por la puerta giratoria al Taller de Revelado. Aún conservo varias fotos tuyas, con la máscara rosa de La Casa de la Imagen. Tú y tus tatuajes, pinche Flaca. Tan tímida que te veías. Click.

–Aquí hace falta una mano de mujer; comentaste al ver el desorden de la casa. “Aunque no lo creas, en medio del desorden hay un orden”; justifiqué, un tanto apenado. 

Esa fue nuestra primera noche juntos. Te veo y siento aún tiritando, y no de frío. De miedo. No se me olvida que, en medio de la oscuridad, me pediste que te diera la espalda, mientras te desvestías y dudé y hasta llegué a pensar que tal vez eras hombre, un travesti pues. Pero no. Era pena nada más la tuya.

Cuando me desperté, al día siguiente, ya te habías bañado y estaba listo el café y el desayuno. Así me fuiste ganando pinche Flaca. Así te fuiste metiendo en mis ojos y en mi corazón. Click. Nadie antes me había tratado así, pinche Flaca. Pobre niño de la calle, ahora consentido.

Cuando vine a ver, pinche Flaca, ya vivías conmigo. Click. Bueno, no tanto, porque bien que hice caso a mi hermano Antonio, que me aconsejó no permitir que trajeras ropa de más a La Casa de la Imagen.

–El día que veas ropa de ella colgada en tu closet, ya te jodiste; fueron las palabras de mi carnal. Y le hice caso. A propósito yo tampoco dejaba ropa en el Espacio Cultural –que no tenía closet–y así me obligaba a ir a cambiar todos los días a mi cantón. Eso nunca te lo conté, pero es neta.

Otra verdad que no sabes es que por ti mandé a reparar al Rojillo, el Jeep 4 por 4 que yacía arrumbado en el patio. Y mira cuánto nos sirvió. Con él fuimos a recorrer el mundo entero. Bueno, no tanto, pero si lo llevamos a Mérida, Yucatán, a un encuentro fotográfico, y a unas cascadas que hay allá por tu tierra, cerca de Comitán. El Chiflón creo que se llama.

Click y más click.

Nos la pasábamos a toda madre. Y si no fuera por tus malditos celos e inseguridades, todavía seguiríamos juntos. Pero no, por cualquier detalle relacionado con mujeres, estallabas y te ponías furiosa, como loca. Te transformabas y actuabas como si estuvieras drogada.

Eso lo cambió todo.  Click.

Y ya te digo, así como contigo pasé los mejores días de mi vida –tu boca y tu sexo eran mi cielo–, también hubo otros en los que nos pudimos matar. Por eso creo que hicimos bien en separarnos, en alejarnos, una vez que nos volvimos tóxicos.

Cómo olvidar el día que nos detuvo la Policía? No sé tú, pero yo lo recuerdo así. Fuimos a un bar con una amiga común, y al calor de las copas tú imaginaste que yo le andaba tirando la onda a ella, ignorándote a ti. Pinche Flaca.

La insultaste, primero a ella y después a mí. “Eres una zorra”, le dijiste, y a mí no me bajabas de pendejo. Muy molesta dejaste el lugar y tomaste un taxi. Yo te seguí hasta Puebla y ahí la cosa se puso peor. 

Golpeaste el carro, enfurecida, y a mí me tiraste madrazos y patadas. “Te voy a quitar lo libidinoso; te voy a matar, pendejo”; gritabas. Todo lo vio y escuchó el taxista. “Tú le estabas agarrando las piernas debajo de la mesa. Estúpido”.

Después corriste para atravesar el bulevar Hermanos Serdán, atestado de carros, y la milagrosa aparición de un borrachito impidió que te tiraras de bruces al paso de los vehículos. Ibas agachada y llevabas las manos hacia atrás, en forma de avioncito.

“No valgo nada, me quiero morir, me quiero matar”, gritabas y en eso apareció la policía.

Pinche Julissa. Pinche Flaca.

–Usted váyase, me dijeron los uniformados pero no te quise dejar abandonada a tu suerte. Tú les tirabas madrazos, patadas y mordidas a los gendarmes y los insultabas para que te soltaran y entonces te comenzaron a golpear. Primero en el abdomen y luego en el rostro.

Tuve que intervenir en tu defensa y los policías nos cargaron a los dos. El Rojillo quedó tirado, obstruyendo la vialidad. Arriba de la patrulla, me volvieron a decir: “Le dijimos que se fuera, ahora tiene que acompañarnos por escandalizar en la vía pública”.

–Yo no estoy escandalizando. Ella se quería matar y lo único que hice es ayudar; les expliqué, pero de nada sirvió.

Nos llevaron a la cárcel preventiva. Yo di un nombre falso. Click.

–Ni modo. Yo te lo advertí, me dijo el policía, y me recomendó pagar la fianza.

De todos modos nos pusieron tras las rejas, separados. Tú gritabas, agarrada de los barrotes y casi tirada en el piso, preguntando si yo estaba bien. Yo intentaba tranquilizarte, pinche Flaca.

Tal vez fueron dos o tres horas las que estuvimos detenidos, pero a mí se me hizo una eternidad. En la celda mía, un joven borracho, con tipo de pandillero, practicaba patadas voladoras. En el tercer giro, impactó a un hombre mayor que estaba sentado en una grada. Le pegó en la cara. 

Pobre hombre, terminó ensangrentado, de bruces en el suelo. Qué imagen. Click.

Otro señor, igual mayor, me contó que a él lo detuvieron junto a su esposa, por tomar cervezas en la vía pública. Me comprometí a pagar la fianza de su esposa, y le dije que cuando ella saliera consiguiera el dinero para pagar la libertad de él. Y así le hice. “Gracias patroncito”; balbuceó.

Buen negocio hicieron los policías con nosotros. En total fueron 2400 pesos; lo que pagué por los tres.

Cuando nos soltaron, agarramos un taxi y le pedimos nos llevara a un motel de Cholula –otra vez el Villa Magna–, después de pasar a un cajero. Y ahí, pinche Flaca, la volviste a hacer de pedo. Los mismos reclamos, las mismas agresiones. 

Ibas a empezar a romper cosas –un cenicero y un florero–, pero te convencí de no hacerlo, con el argumento de que nos volverían a llevar a la cárcel si seguíamos escandalizando.

Te acostaste con ropa y nos quedamos dormidos. Al otro día pedimos un taxi e investigamos el paradero del Rojillo. Estaba en un corralón de Puebla. Recuerdo que me costó más de tres mil pesos liberarlo.

No sé qué digas tú; no sé cómo recuerdes este episodio, pero para mí ha sido el peor día de mi vida. Y no por el incidente de la cárcel, sino porque ahí, entre meados y hombres harapientos, sin pasado ni presente, supe que te había perdido para siempre.

Supe que nunca más serías mi Flaca. Al menos ya no como antes.

Y mira que desde que te fuiste, te he sido fiel. No a ti, Julissa, pero sí a La Flaca. Te he seguido retratando y te he hallado en muchos rostros, en muchas máscaras. En mis noches de insomnio, incluso, he visto cómo te transformas, y he tocado tu cuerpo en tantos otros cuerpos. 

Es más, ya encarrerado en cursilerías, te puedo confesar que te he escrito unas letras, inspirado en un poeta de tu pueblo: Jaime Sabines. Retratos y letratos se llama el libro que publiqué. Pinche Flaca. Pinche Julissa. Pinche Rosario. Pinche Ángeles. Pinche Laura. Pinche como te llames. Me da igual como te llames. ¿Lo sabes? Me da igual como te llames.

Prometo no escribir tu nombre real. Pinche Flaca. La máscara será siempre un buen recurso para ocultar tu rostro. Y no solo para ocultar el tuyo, sino la de tantas Flacas que han llenado el vacío que dejaste en mi cama. Tendrías que ver cómo te suplen, sobre mí, siempre enmascaradas.

Qué bonita metáfora me salió. Te reto entonces a que nos echemos una luchita. Máscara contra cabellera. Me da igual si es en tu cama o en la mía. O volvamos al motel barato donde cogimos rico, donde flotamos, donde levitamos, donde juntos hicimos volar la cama debajo de nosotros. Tal vez ahí yo pueda vencerte, dejándome ganar. 

Pinche Flaca. Click.


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