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Hospital incurable | Otras tribulaciones.
Por Adrián Lobo
10 de febrero, 2020
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Otro día, otro servicio. Las cosas están en calma, de repente me llaman para pedirme que lleve una receta a la farmacia.

  • Vaya a que le surtan esto, que me urge.

Y allá voy.

  • Compañero, buenas tardes. Traigo una receta de un servicio cualquiera. Dice la jefa que le urge. – La toma con displicencia, echa una ojeada rápida y exclama:
  • ¡Le falta el &%$#&# número de expediente! – Y me regresa el papel.- ¡Dígale que deben llenar bien la ¿&%$#& receta! ¿Qué son #$%&=! o qué?

No puedo llevar ese recado, así es que cuándo regreso lo edito convenientemente y le digo a la enfermera:

  • Jefa, dice el compañero que alguien olvidó poner el número de expediente y que por norma no puede surtir recetas incompletas, que si puede por favor anotar el dato que falta. – ¡Uff! Hacer de traductor es cansado.
  • ¡Me reca…rgo en la pared! ¿Qué no le dijo a ese &%$@&# que es urgente? – Yo respondo afirmando enfáticamente con la cabeza – ¡Me lleva la #$@%&”= =&%@$#! ¡Interno! ¡Doctor interno…! – Llama a uno de los estudiantes.

Aparece el interno con expresión en el rostro que parece preguntar: “¿Ahora qué hice?”

  • Dígame, ¿qué pasa?
  • ¡No le puso el número de expediente! ¿Qué no ve que es urgente y el &%$#&@# de la farmacia no la surte así? – El interno busca el dato que falta y lo anota.
  • Aquí. – Le digo – Démela a mí. – Porque la enfermera se ha ido dando voces buscando al compañero de limpieza, pero no sin antes decirme :
  • ¡Dígale a ese @#$%& que no sea %&@#$, que ME URGE! – Y le vuelvo a responder con la cabeza.

Tampoco puedo transmitir ese mensaje literalmente. Llego otra vez a la ventanilla. ¿Por qué hay una ventanilla como si fuera esto un banco? Y además las hay por todos lados; en archivo clínico, en el nuevo módulo de información, en las cajas de cobro… Son de esas que en la parte de abajo tienen una ranura para pasar papeles y en la parte media una abertura circular que yo supongo ha de ser para meter la cara porque la cabeza completa no cabe. De ser yo el responsable haría que las quitaran, esto es atención al público y al tenerlas ahí sólo dificultan la comunicación, pero bueno, intento creer que hay una buena razón para haberlas puesto. El punto es que  otra vez tengo que editar el mensaje:

  • Listo, aquí está la receta. – Le digo al encargado, omitiendo por supuesto los saludos cordiales, mientras se la entrego. Él no parece estar muy convencido todavía de surtirla.
  • ¡Esa &%$#& firma no vale! ¡Dígale que debe firmar el &%$#& adscrito y no el &%$#&# del R2! – Y me la regresa todavía más irritado que antes.

“De haber ido con el Doctor Simi o a Farmacias del ahorro ya habría terminado mi suplicio hace rato”, me digo frustrado al verme atrapado en medio de una lucha de gigantes que convierte el aire en gas natural.

Otro día, otro servicio. Me piden que vaya a conseguir un frasco de 135 ml de un elixir mágico de esos que purifican el aura para un paciente que no tiene muy buenas vibras (o bueno podría ser solución glucosada al 10% de 1000 ml o un frasco de 500 ml de una solución de aminoácidos cristalinos con electrolitos al 8.5 % o cualquier otra que suele escasear en el hospital). Y allá voy. En el servicio de escolares no tienen más que dos y los cuidan como el tesoro que son, que ni a sus pacientes se los dan y no me dan ninguno, ¿pos qué me creo? En la E.M.I. no hay, ni en la U.C.I., las que tienen en quirófano, como dos cajas, ya caducaron así que mejor no, gracias. Sigo mi peregrinación y cuando me dicen en el servicio de Cirugía y especialidades que nanais me decido a subir directamente a Tococirugía, que ahí seguro que tienen, según un consejo que me dan por ahí. Y sí. Ya de una vez pido tres o las que puedan darme y es que siempre me gusta hacer bien los mandados, para que por lo menos sirva yo para algo. Pero no, sólo dos, que ellos ocupan mucho de eso. Y allá voy de regreso al servicio donde lo necesitan. A estas alturas ya pasaron no menos de 15 minutos de andar peregrinando en el hospital. En el camino me encuentro con un compañero que me informa que me están buscando con desesperación en el servicio.

Apenas entrar la enfermera casi me grita:

  • ¿Pero dónde andaba? ¡Los estoy buscando y usted nada que aparece! – ¡Me hierve el buche! En mi imaginación, como en los dibujos animados, me sale humo por las orejas y tengo el rostro rojo por la ira que me causa la ingratitud.
  • ¡Pero si usted misma me mandó a buscar esto! – Le respondo mostrándole en alto los trofeos con los que tan orgullosamente volvía a informar de la misión cumplida.
  • ¡Ya tengo aquí uno! – Me replica levantándolo para que yo lo vea bien. “¿Y para qué rayos me mandó a buscar entonces?”, me pregunto enfadado, haciendo un gesto de decepción – Bueno, déjelos allá y vaya a ver qué quiere la compañera, que le URGE, tiene rato que lo está buscando. – Me dice haciendo énfasis en la palabra “urge”, así que me acerco a donde está la aludida.
  • Dígame usted, jefa.
  • Súbale el barandal a esta cuna. – Me dice. Yo no puedo creer que sea esa la gran urgencia y le pregunto si necesita algo más.
  • No, era eso, nada más. – Me responde.

Y me pregunto entonces por qué algunas enfermeras tan enfáticamente le recalcan a los pacientes que no es lo mismo una urgencia sentida que una real si al parecer ellas mismas son incapaces de distinguir entre una y otra.

 

Adrián Lobo.

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