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Coronavirus, hambre y resistencia
Por Emmanuel González-Ortega
24 de julio, 2020
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Emmanuel González-Ortega

Hasta el día de hoy, a nivel mundial, se han confirmado más de 611 mil personas fallecidas por el virus SARS-CoV2. Nuestro país ronda los 363 mil casos confirmados de coronavirus y aproximadamente 41 mil personas han fallecido víctimas del virus. Un reporte de la organización internacional OXFAM indica que, hacia el final del año, hasta 12 mil personas podrían morir de hambre diariamente en todo el mundo por impactos sociales y económicos directamente relacionados con la pandemia por CoVID-19, quizá más que el número de personas que podrían morir por la infección para esa época del año.

La pandemia paralizó la economía en grandes regiones del planeta: La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que, derivado de la pandemia, en el mundo se perdieron aproximadamente 305 millones de empleos de tiempo completo, y las mujeres y la población joven fueron especialmente afectados. Globalmente, hasta 61% de la población trabaja en la economía informal (el 40% son mujeres), sin seguridad social, seguro de desempleo, o pensión por enfermedad. El freno en la economía llevaría a la pobreza hasta 500 millones de personas en el planeta. Sin embargo, en esta tormenta, no todos estamos en el mismo barco: desde enero de este año, 8 de las mayores corporaciones transnacionales alimentarias registraron beneficios por más de 18 mil millones de dólares: Coca-Cola ganó 3,522 millones; Danone, 1,348 millones; General Mills, 594 millones; Kellogg’s, 391 millones; Mondelez, 408 millones; Nestlé, 8,248 millones en todo el año; PepsiCo 2,749 millones; y Unilever aproximadamente 1,180 millones. Además, los hombres más multimillonarios del mundo se han hecho aún más ricos durante la pandemia, desde el inicio de la pandemia, la riqueza de los “billonarios” se ha incrementado en 308 mil millones de dólares. Jeff Bezos, el dueño de la empresa Amazon (dedicada entre otras cosas a la venta y entrega a domicilio de libros, ropa, aparatos electrónicos, e incluso comida), aumentó su riqueza en 25 mil millones de dólares desde el inicio de la pandemia, y solamente el pasado lunes 20 de julio ganó ¡13 mil millones de dólares! Actualmente tiene en sus bolsillos 189 mil millones de dólares. Indignante.

Además de la crisis económica producto de la cuarentena por la pandemia, que acrecentó las desigualdades, el cambio climático está afectando a regiones específicas del mundo: lluvias torrenciales, inundaciones, sequías, y patrones climáticos cada vez menos predecibles dañan ya la producción de alimentos en muchas partes del mundo. Comunidades rurales e indígenas han perdido semillas debido a las alteraciones climáticas y a cambios en el manejo de los territorios para producir alimentos de manera industrial. La producción global industrial de alimentos que mantiene los patrones dietarios actuales significa la mayor presión para la viabilidad del planeta: erosiona los ecosistemas, extingue masivamente especies de animales, plantas y microorganismos, contamina el suelo, el agua y el aire. Actualmente la producción tecnificada de alimentos genera 12.5 Giga toneladas (12,500,000,000) de CO2, equivalente al 24% de las emisiones anuales de gases de efecto invernadero.       

Definitivamente  la pandemia de COVID-19 ha recrudecido las diferencia de clases y la precariedad de las personas más pobres y el desastre de sistema alimentario actual: el Objetivo de Desarrollo Sostenible de erradicar el hambre en el planeta en el 2030 no se logrará. No se podrá regresar a la “normalidad” anterior, entonces, ¿qué hacer? Debe buscarse la autonomía alimentaria.

Actualmente las semillas (casi de cualquier cultivo) y las comunidades rurales e indígenas que las preservan se encuentran bajo una presión enorme debido a leyes (nacionales e internacionales) que intentan limitar, o incluso prohibir el libre intercambio de las semillas si estas no son producidas y movilizadas bajo los mecanismos y reglas del mercado, que actualmente está dominado por cuatro compañías transnacionales (Bayer-Monsanto, ChemChina, Corteva, BASF), que venden semillas patentadas (las semillas tienen “propiedad intelectual”). Es decir, las productoras industriales de semillas iniciaron una guerra económica contra la semilla comunitaria (la que se guarda e intercambia entre personas y comunidades temporada tras temporada) con el objetivo de imponer la dependencia de los insumos para la producción agrícola (incluyendo las semillas industriales) a los productores del campo, y en última instancia a las y los consumidores. De ahí vienen las ganancias estratosféricas de las corporaciones alimentarias.

Sin embargo, la pandemia y la correspondiente cuarentena extendida han permitido reactivar acciones que, aunque eran cotidianas, se fortalecieron desde la comunidades, y están orientadas al cuidado del territorio, de las personas, y de la diversidad natural. Algunos ejemplos muy potentes, recuperados por Ramón Vera Herrera, de la Red en Defensa del Maíz y GRAIN, incluyen lo narrado por la organización “Desarrollo Económico y Social de los Mexicanos Indígenas, A.C.” (DESMI): la instalación y mantenimiento de huertos familiares y milpa en diferentes zonas de Chiapas donde se produjo tomate criollo, maíz, plátano, chile, entre otros. Otros ejemplos de trabajo en comunidad para el cuidado de la misma ocurren en la Sierra Norte de Veracruz, donde se cerraron los pueblos para prevenir la llegada del coronavirus, jóvenes y mayores prepararon la tierra para sembrar y tener alimento suficiente. En Oaxaca en la Sierra Juárez, la organización comunitaria controló el acceso de personas y se impulsaron la siembra de traspatio, los huertos escolares, y de manera importante, se distribuyó maíz a comunidades en las que no hay una reserva suficiente para los meses próximos. En Bacalar, en el estado de Quintana Roo, organizaron un intercambio especial de semillas de varios cultivos para garantizar que se produzca alimentos suficientes. En el sur de Jalisco, los huertos se han convertido en práctica cotidiana en las escuelas; en el ejido la Ciénega, se está convoca a colectar alimentos del bosque para completar la dieta. En la Sierra Huichola, las comunidades se están abasteciendo de maíz y preparándose para sembrar y tener suficientes tortillas para los meses próximos. Como estas, muchas historias de trabajo por el bien común (Relato completo en: https://desinformemonos.org/lo-tradicional-se-adapta-a-lo-insolito-para-que-las-comunidades-se-defiendan-de-la-pandemia/ ).

En resumen, el tejido vivo existente en las comunidades indígenas y campesinas de México se está manifestando ante la adversidad para generar alimento y sostener la vida, una vez más está superando las incapacidades e inacción del Estado desde lo local, lo pequeño, los cuidados: lo de siempre.    

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