Al secuestrado, a la violada, al asesinado, no se le tira para ser recogido, identificado, limpiado, preparado, velado y enterrado.
Se niega la posibilidad de llorar y preparar la ausencia del cuerpo de quien se ama y comienza a extrañar.
El deterioro producido por la incineración y la trituración de lo que alguna vez fue cuerpo, impide certezas.
Dejar que la naturaleza haga a un ser humano polvo, es una cosa.
No cabe esperar a un incierto futuro en el que las posibilidades de identificación hayan desaparecido por negligencia, incapacidad o complicidad.
Fuente original: En campo abierto | Internacional | EL PAÍS
