Me acordé de Pietro, el niño abandonado que quería ser castigado para poder escuchar su nombre.
Nada he sentido nunca tan humillante y cruel como el número escrito sobre la piel de los judíos deportados a los campos de concentración.
Al parecer, no solo los empleados, sino también los clientes, sienten la necesidad de ser alguien en lugar de un consumidor sin nombre.
Hay familias o trabajadores que a los empleados o empleadas que trabajan con ellos nunca les llaman por su nombre.
Cuando un niño pequeño empieza a comprender que tiene un nombre, sonríe al oírlo.
Fuente: http://elpais.com/internacional/2015/10/12/actualidad/1444674108_594542.html
