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Barroterán 1969: Una tragedia minera que sigue impune

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Crónica

Lamentablemente, la Región Carbonífera de Coahuila ha sido escenario de decenas de tragedias mineras. Muchas de ellas, sólo quedan en la memoria de quienes sobrevivieron o en los recuerdos de los familiares que aún esperan justicia.

Esta crónica recupera lo que ocurrió en Barroterán en 1969, una tragedia minera que ya advertía que, al igual que el carbón, en esta zona también abunda la impunidad y la injusticia.

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A las viudas y huérfanos de Barroterán, a quienes aún les debemos la justicia.

Por Omar Navarro Ballesteros / @omarballester0s

La historia de la Región Carbonífera ha sido contada por las mismas empresas, por los sindicatos y por el gobierno (estatal y federal). Siempre se han dicho maravillas, y a las tragedias mineras se les ha catalogado como: “acontecimientos históricos” de los cuales debemos de estar orgullosos. 

La Región Carbonífera de Coahuila es un territorio que, desde su fundación, cerca de 1850 ha sido condenado al sacrificio. Todos sus habitantes cumplen los roles que este país necesita: jóvenes que entran a las minas y son mutilados, mineros que mueren sin acceder a la justicia, mujeres que se convierten en viudas y que, como pueden, logran sacar a su familia adelante sin tener una pensión, y empresarios mineros que terminan en el servicio público.

Los siniestros son tragedias que, lamentablemente, pasan en las minas de carbón por no atenderse las medidas de seguridad, accidentes que se pudieron evitar, pero que por negligencia ponen de por medio la vida de los mineros.

El historial de tragedias en minas de Coahuila es largo, pero tal vez sólo conozcan los últimos: Pasta de Conchos (2006), Micarán (2021) o El Pinabete (2022); sin embargo, me permito contarles la tragedia conocida como: “La Explosión de Barroterán”, en el año 1969. Una tragedia que, a la fecha, sigue impune. 

Una tragedia que se presume como “acontecimiento histórico” y que, como burla, únicamente ha dejado un monumento donde una madre entrega a su hijo y dice: ”Hijo moriste cumpliendo tu deber”. 

Los vientos del 1968 trajeron estas tempestades
Era un sábado por la mañana de abril de 1968. Calixto Piña Espinoza se acaba de ajustar el casco para continuar derrumbando carbón en las inmediaciones de la Mina 1, perteneciente al complejo de la Compañía Minera Guadalupe, ubicadas en el poblado de Minas de Barroterán, Coahuila.

Calixto era carbonero y rara vez se cansaba a pesar de tener 49 años. Sus brazos torneados y moldeados por el uso diario de una pica que chocaba contra las piedras negras del interior de la mina habían hecho de él a un hombre infatigable, pero ese día el aire se le iba, se mareaba y todo a sus ojos pasaba como si viera a través de cámara lenta.

Calixto seguía fiel a su trabajo y con su mano mantenía firme aquella pica con la que golpeaba cada vez más despacio el carbón. Muy a lo lejos escuchaba las pláticas de sus compañeros, pero por más atención que concentraba, no alcanzaba a distinguir las palabras. Solo ese día le quedaba para cerrar la semana. Sabía que aún así cansado descansaría al día siguiente.

Calixto llevaba años trabajando en esa mina, desde que la empresa se llamaba “Mexicana de Coque y Derivados.”, empresa del Estado, cuando Altos Hornos de México (AHMSA) aún no era privatizada. Ese sábado empezó a recordar todo en tan poco tiempo. Sintió una extraña sensación en el pecho que le corría hasta el estómago, una sensación que quizás se pueda confundir con la nostalgia si la trasmutamos en sentimientos. 

Recordó su infancia y juventud en Guanajuato. Esa infancia dura en compañía de su padre José y su madre Hortencia Piña. Recordó también aquella casa que construyó junto a su padre y que tardaron en levantar más de cinco años. Quería verlos, abrazarlos. Y otro recuerdo lleva a otro pensamiento. Entonces pensó en su esposa, Constancia Ávila Torres. Que tan solo tres horas antes la había visto mientras preparaba el almuerzo a las cinco de la mañana. Porque antes de irse al trabajo, tomaba café junto a ella para ver salir el sol en medio de los huizaches.

A las 8:45 de la mañana las rocas, piedras, carbón y tierra se le vinieron encima a Calixto. Todo pasó tan rápido que decir diez segundos es evocar una eternidad. Calixto sintió un dolor inmenso, tan inmenso que dejó de sentir la cabeza y su cuerpo. Solo era él y su alma. Ya, en esos segundos en que se le iba la conciencia, y en que los ojos se le cerraban automáticamente. Entendió cuál era su destino. Entendió que iba a morir. Calixto vio la oscuridad dentro de la oscuridad y se perdió en ella.

Antes de la muerte de Calixto, había muerto por caída otro minero en mayo de 1968. El médico que trabajaba en la empresa (que lo hacía sin número de regulación) dictaminó que la muerte de Calixto se debió a un paro cardiorrespiratorio. Sin embargo, también menciona que sufrió: 1) estallamiento instantáneo en los pies y abdominales, 2) fractura de cráneo, y 3) fractura de costillas. Al día siguiente Calixto fue enterrado en el panteón de la localidad y la mina continuó con su trabajo normal y sin inspección.

En mayo de ese mismo año, pero en la mina 2, otro minero sufrió una muerte similar. Algo no andaba bien en esa compañía, pero ni el sindicato, presidido por Napoleón Gómez Sada aceptaba respaldar la seguridad de los mineros. Aquellos vientos arrastraban la desgracia.

Este “líder sindical” fue el padre de Napoleón Gómez Urrutia, actual dirigente por herencia del Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros Metalúrgicos y Similares de la República Mexicana. A Gómez Urrutia se le responsabiliza también por ignorar las demandas de seguridad de los trabajadores mineros; específicamente, en los hechos ocurridos en Pasta de Conchos, el 19 de febrero del 2006.

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El lunes 25 de noviembre de 1968 explotó la mina 2. Ahí fallecieron Bernardo Montoya Moreno, Marcelo García Mendoza y José Socorro Castro. A este evento se le conoció como la pequeña explosión del 68. Aunque en las actas de defunción del Registro Civil de Minas de Barroterán su causa de muerte aparece como: “Inhalación de polvos de carbón”.

El minero Leopoldo Torres afirmó que la presencia de gas hizo que las rocas y la tierra se desprendieron. Por eso ocurrieron los caídos y esta misma presencia de gas fue la culpable de la explosión de noviembre.  

En diciembre de 1968 hubo otra explosión y en enero de 1969 otra, pero nadie salió dañado. La mina imploraba seguridad, socorría que las cosas no estaban nada bien, pedía a gritos que se cerrara, pero nadie, ni el dueño de la mina, ni los encargados de seguridad hicieron nada al respecto.  Era una muerte anunciada, una muerte con permiso de entrar a la Compañía Minera Guadalupe y que en su guadaña tenía el poder de llevarse a todos los mineros de un solo jalón si quería.

La tarde de la tragedia

Jesús pronto resucitaría. El pueblo de Barroterán se preparaba para las celebraciones eucarísticas, pues ese lunes comenzaba la Semana Santa. Un lunes que, como decían las madres de aquellos años, no se bañaba nadie porque “te saldría cola de pescado”, no se comía carne, porque Dios desataría su furia y como siempre; las personas se andaban con cuidado porque “el diablo anda suelto” en esas fechas.

Desde las siete de la mañana grupos de niños subían al monte para cortar flor de palma. Las madres, a las afueras de sus casas, encendían fogatas con ramas de huisache secas, para después calentar las lentejas arriba de pedazos de bloque negros por el humo y el carbón de las brasas. Y las familias a las que el dinero les era abundante en grandes cantidades ya preparaban diferentes tipos de pescados y mariscos. Claro, estos eran los gerentes de las minas, los que vivían en el Barrio 4, en “las casas de la compañía”.

Todos se preparaban, excepto uno. Mario Martínez Vallejo. Médico de profesión. Quizás hasta ese momento conocido por ser el primer médico de la región egresado de la UNAM. Aquel que presumía en un marco su título y su cédula de numeración 153869. ¿Cómo un médico iba a creer en un ser que resucita después de muerto? 

El doctor Mario estaba para procurar la salud y en el peor caso atender a las madres y padres desesperados por aquellas cuestiones naturales ante una posible e inminente muerte.

Pero él siempre supo que su misión en el pueblo era la de prevenir las enfermedades de los habitantes que en su mayoría sufrían por anemia. Porque ese malestar abundaba en los pobladores de Barroterán, y simplemente se debía a tener el estómago vacío.

Mario atendía en su consultorio a todo el pueblo, ahora a cincuenta y cuatro años está en el abandono, no antes de convertirse por unas décadas en el Sindicato de Trabajadores del carbón de la Mina IIV propiedad de AHMSA.

Esa mañana puntual, a las siete, miró la entrada. Sobre la puerta posaba una gran osamenta. Mario la conocía bien, en sus años de estudiante.

En aquel tiempo, Mario necesitaba un cráneo para sus prácticas. El 9 de diciembre de 1958, el presidente municipal de Nueva Rosita, Abraham Zamora Rivera, padrino de su madre, le otorgó un documento para poder trasladar a un familiar de nombre Locadio Martínez al panteón de San Luis Potosí. Esto era un pretexto para exhumar el cadáver y obtener la osamenta de una manera económica. Pero Mario, no saltó sin huarache.

Pero aún con el permiso decidió profanar un cuerpo al azar, que no fuera el de aquel familiar, Locadio Martínez. ¿Cómo confiar en un médico que desde estudiante hace estas prácticas? ¿Tendría ética para atender dicho poblado?

Ese lunes atendería al pueblo con las enfermedades constantes. Su consultorio tenía todo lo necesario para poder ejercer su trabajo. Un escritorio laminado con acabado de madera en la parte superior en donde descansaban algunas recetas, una pequeña máquina de escribir y la lista con los pacientes que recibiera en totalidad. En los cajones del mismo escritorio desfilaban algunos bate lenguas. Vendas y algunos medicamentos esenciales que pudieran acabar con cualquier malestar; paracetamol, diclofenaco y hasta sal de uvas.

Había una camilla equipada con tanques de oxígeno que, a pesar de la fecha, aún se encuentra intacta. Mario pasó el día recibiendo a sus pacientes. Entre los descansos salía para ver la plaza del pueblo, construida por la misma Compañía Minera Guadalupe. S.A.. Al igual que la Secundaria y la Escuela Primaría Artículo 123, ahora conocida como la Escuela Primaria Narciso Mendoza.

A Mario le gustaba pasar el tiempo en la plaza, además podía ver también el campo de béisbol. Pues aquel era el deporte favorito para los que integraban la Sección Minera del Sindicato en el pueblo y que mejor que gestionar la construcción de un campo para ver aquellas jugadas. Y hay una simple razón por la cual a Mario siempre le pareció una aventura poder disfrutar de aquella plazuela: le encantaban las leyendas que la gente contaba sobre ese lugar.

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La gente decía, contaba y afirmaba; “en la plaza se aparece el niño con cabeza de burro y se sube a las parrillas de la bicicleta”, “en el parque se aparece el diablo”. O qué decir de la versión de la leyenda argentina: “la chancha encadenada”, pues en Barroterán por aquellos años hacía presencia una marrana con cadenas cuyo encuentro podía ser fatal. Casualmente ninguna leyenda giraba en torno a las muertes, tragedias y siniestros mineros muy comunes desde la creación de la Región Carbonífera.

Entonces, se puede deducir ahora, de dónde salían esos mitos que cumplen con la misión de educar a los habitantes mediante moralejas. Así se construyó la narrativa que gira con relación a la minería. Narrativa construida por cronistas pagados por las mismas empresas o que han desempeñado cargos políticos, pero también están los escritores cegados por el culto al carbón que glorifican este mineral por encima de los pobladores porque, aparentemente, nos ha dado identidad.

Pero bueno, regresando a la vida de Mario, quien para ese momento ya era tarde, consultaba a un pequeño. Mientras explicaba a su madre cómo tratar los malestares, el suelo y las paredes vibraron a raíz de un gran estruendo. Eran exactamente las 17:40 y el diagrama del aparato respiratorio cayó al piso. Mario después de eso no hizo sino recordar aquel sonido, fuerte y sollozante; hizo efecto en los vidrios de las ventanas de aquel consultorio. Un trueno más fuerte que los que provocan las nubes oscuras cargadas de aguas y de vientos en los tiempos de febrero.

Abrió la puerta, su curiosidad lo obligaba. Ahí se encontraba la paciente que seguía; Lupita, conocida en el pueblo por tener una tienda llamada “La Potosina” (que todavía existe) quién al verlo dijo -Doctor, quien sabe qué pasó…se oyó una explosión muy fuerte.

El personal del hospital al igual que el pueblo, que ya salía de sus casas para ir a la calle para enterarse o “cerciorarse” de lo que había pasado, sabían de dónde provenía ese sonido, entendían qué significaba esa vibración de tierra que hizo esparcir varios objetos por los vientos.  Sabían por qué el cielo del pueblo se tornaba en humo y cubrió las casas con una masa espesa negra que expandía más el viento cálido. Sabían porque eso ya lo habían vivido antes, estaban condenados desde 1889, año del primer registro de tragedia minera, pero se negaban a decirlo.

Mario recuerda cómo el doctor López llegó asustado y sin poder expresar alguna sensación dijo – Explotaron las minas y dicen que murieron como doscientos hombres. Mario corrió con el doctor Hermiro, su compañero de trabajo, para comentarle lo ocurrido. Mario le sugirió que se fuera en su carro hacia las minas. Hermiro así lo hizo. Por su parte, Mario tomó las llaves de la ambulancia. Una vez dentro y después de mucho tiempo de no hacerlo hizo la señal de cruz sobre su rostro. Encendió el vehículo, prendió las sirenas y avanzó hacia la Compañía Minera Guadalupe.

vio cómo las personas ya se acumulaban en las calles, otras mujeres corrían tras la ambulancia y lloraban. Al tomar la carretera no podía avanzar más. La gente se le atravesaba y después un tiempo llegó.

Mario describía el ambiente fuera de la mina como de dolor. Era de llanto y desesperación. La gente se arremolinaba afuera de la cerca y hacía plegarias mezcladas con lágrimas para poder entrar. Y estaban dispuestos a hacerlo a como diera lugar.  Las puertas estaban cerradas.

“Cuando me vieron llegar en la ambulancia (que fue la primera que entró y la única del pueblo) cuando abrieron las puertas para que pasara mucha gente aprovechó y se metió”, afirmó el doctor.

Tardaron ocho horas y media en hallar los primeros ocho cuerpos. En la madrugada del primero de abril, aproximadamente a las 2:00 horas, eran los cuerpos de quienes estaban trabajando en los primeros cañones.

Habían explotado dos minas; La Mina 2 y la Mina 3. Murieron 151 mineros y ese día murieron dos más por el gas que había en la mina, que suma un total de 153 mineros fallecidos. “Uno de ellos se engasó a las dos horas de la explosión y el segundo no recuerdo como” mencionaba Mario, intentando hacer memoria y recordar la causa de muerte de la otra persona.

Por la investigación y el acceso que tuve a los documentos del día de la explosión, pude conocer los nombres de los dos mineros que murieron engasados. El primero corresponde al Minero Manuel Saldívar Alonso, con la ficha de trabajo número 20188. Era misceláneo interior y tenía 46 años, quien falleció a las 18:45, del mismo día de la explosión. El otro, era Felipe Coronado Martínez, con la ficha 20301, también misceláneo interior y contaba con 22 años al momento de su muerte y quién falleció el mismo día a las 19:54.

A Mario lo acompañaron otros doctores para asistir a la recuperación de los cuerpos. Era el doctor Hermiro y el doctor Sandoval, quién era el doctor de la empresa que asistía a los trabajadores. Tiempo después se unió el doctor Paco Morales.

A los primeros ocho cadáveres los velaron normalmente, fueron reconocidos de inmediato. Los colocaron en ataúdes que llegaban de diferentes funerarias de Sabinas, Nueva Rosita y otras ciudades colindantes con el pueblo. A ellos, los cadáveres, los entregaron a sus familias, los velaron y los sepultaron en el panteón de Barroterán.

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