Más que un libro de viajes, Foster Wallace desarrolló en él un tratado sobre su tristeza.
Ahí hay un algo de sabiduría que no contaba Foster Wallace.
Eso le pasó a Mary Jane, de Kansas, una sexagenaria empeñada en rimar su nombre con el apodo The Hurricane.
Normal que Foster Wallace casi nunca bajara a tierra firme.
Para Foster Wallace, el barco, inmaculado, representaba el triunfo sobre el deterioro y la muerte (el océano) y por tanto le parecía lógico que el mantenimiento se hiciera a escondidas.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/04/01/icon/1459499096_269192.html
