Texto: Marlén Castro y Margena de la O / Fotografía: José Luis de la Cruz y Oscar Guerrero
Chilpancingo
A las siete de la noche del lunes 19 de julio, la enfermera Valeria López Nava, de 28 años, avisó que venía de regreso a Chilpancingo.
A esa hora, salió del Centro de Salud Pedro Astudillo Ursúa, en Tixtla, a donde trabajaba. Ese lunes había cubierto horas extras. Su horario normal era de siete a dos y media de la tarde.
Avisó que iba junto con su compañero de trabajo Emanuel Vázquez Manzano, el odontólogo de ese Centro de Salud, de tal manera que estaría en su casa, en la parte alta de la colonia CNOP, en una hora en promedio.
“Nos avisaba siempre a la hora que salía del trabajo y a qué horas llegaría a casa, por el tema de la inseguridad y también porque cuidábamos a su hija”, contó una hermana de Valeria.
A las ocho de la noche Valeria no llegó. Una hora bastó para que la familia se angustiara. Valeria llevaba su vida como un relojito. Comenzaron a marcar a su celular y mandaba a buzón. A las nueve de la noche empezaron a hablar a sus amigos del trabajo. Si Valeria no estaba a la hora que había dicho algo andaba mal.
Esa misma noche, la familia acudió a la Fiscalía General del Estado (FGE) a denunciar su desaparición. La noche la pasaron en vela. Desde las primeras horas del martes se presentaron a la FGE para que la buscaran.
Estaban en la Fiscalía cuando supieron del hallazgo de dos cadáveres sobre la carretera Chilpancingo-Tixtla, cerca de la presa conocida como El Molino. Eran Valeria y Emanuel. Fueron asesinados a balazos y torturados.
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