Era la voz de un amo, una especie de ultrasonido que ella detectó al instante a pesar de que dos segundos antes la había llamado a voz de grito.
Finalmente ella se separó de él y dio varios pasos camino a los detectores.
A pesar de que bajó el tono de voz ella se dio la vuelta alarmada.
Así que él, tan pálido, enrojeció un poco y volvió a llamarla, esta vez con los dientes apretados.
Allí estaba el machismo de peor especie: el que sólo necesita modular el tono.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/03/15/opinion/1458066661_191660.html
