Quería mirar y quería ser vista y, por alguna razón, ambas cosas eran más fáciles a través de la pantalla.
Y Twitter no era más que la puerta, la entrada a la ciudad sin límites de Internet.
No fue su incrédula alegría lo que reconocí, esas imágenes en las que da vueltas y vueltas con su teléfono.
A veces, mientras recorría las páginas de Internet, alcanzaba a ver mi cara en el espejo, pálida, ausente, brillante.
Quería hacer clic una y otra vez hasta que mis conexiones neuronales explotasen, hasta que estuviera inundada de superficialidad.
Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/04/07/ciencia/1460019983_469342.html
