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Morir de cáncer en tiempos de pandemia: No hay lugar para enfermos que no sean por covid

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Aquellos enfermos crónicos o urgentes que necesitan atenderse no pueden ser recibidos. En los hospitales públicos no hay lugar para aquellos que no sen pacientes por covid-19

Texto: Marcela Del Muro | Fotos: Redes sociales

SAN LUIS POTOSÍ, SLP.- Desde que empezó agosto, don Luis Antonio pasa los días “buenos” escuchando música. Oye de todo, pero principalmente música de la década de los setenta y ochenta: rock, pop, cumbias y música clásica. Mientras hablo con su hija, Alejandra, escucha a Led Zeppelin. Estos días “buenos” han aumentado gracias a los cuidados paliativos que recibe, como el parche de buprenorfina -un analgésico opiáceo similar a la morfina–, y que le ha permitido que disfrute la vida. 

Pero sin el parche, el dolor en la espalda baja es inaguantable. Un dolor molesto, intenso, continuo y difícil de explicar. Un dolor provocado por el tumor de Klatskin que tiene en vías biliares, un cáncer muy complicado y asintomático, hasta etapas muy avanzadas de la enfermedad. 

La salud de don Luis  se deterioró de un momento a otro y conllevó que el mes de julio fuera muy complicado para él y su familia. Su enfermedad se desencadenó cuando la pandemia de coronavirus tomó más fuerza en la capital de San Luis Potosí. Justo cuando los hospitales públicos y el personal de salud comenzaron a ser insuficientes para la demanda. 

Todo comenzó el Día del Padre, 21 de junio, cuando Alejandra notó que algo estaba mal con su papá. Se veía decaído, demacrado y se quejaba de una molestia en la espalda baja. Para ese entonces, don Luis  tenía tres meses encerrado en casa, extremando precauciones y cuidados por la pandemia. Su diabetes, detectada cuatro años atrás, lo convirtió en población de riesgo. Las actividades cotidianas fueron suspendidas de tajo: su trabajo como vendedor independiente de artículos de papelería,  las reuniones semanales con sus hijos y los controles de azúcar en su médico familiar. En cambio, nuevos hábitos llegaron, como la buena alimentación y el ejercicio en casa. En aquella reunión, se habló de una posible lesión por ejercitarse solo. 

Luis Antonio mencionó que iría a revisarse a su clínica de siempre, el Hospital Central Dr. Ignacio Moreno Prieto. Unidad hospitalaria especializada y pública, la más importante del estado, donde se atiende a personas sin seguridad social o que pertenecen al Instituto de Salud para el Bienestar (Insabi), como don Luis. 

A las dos semanas de eso, el domingo 5 de julio, Alejandra regresó a casa de su papá. Don Luis Antonio tenía una pigmentación amarillenta, hasta en lo blanco de los ojos, y su semblante era de enfermedad. Sin perder tiempo, llevó a su papá al médico familiar del Hospital Central donde le hicieron análisis. Para el martes, le informaron la urgencia de atención: el color amarillo era provocado por una avanzada ictericia –altos niveles de bilirrubina en la sangre– y tenía tan descontrolada el azucar que era probable que le diera un coma diabético. Lo regresaron a casa con una dosis más alta de insulina y con la recomendación, del Médico Familiar, de hacerse un ultrasonido en una clínica particular, para que fuera más rápido.  

Hospital en pandemia

Alejandra no dudó en llevarse a su papá de aquel hospital: “Fue muy impactante estar ahí, por la cantidad de personas que había. En el filtro, el guardia de seguridad señalaba a las personas sospechosas: ‘no te acerques a este, a ese y a ese’. Teníamos mucho miedo, de por sí, el miedo y la confusión que te da normalmente de estar en un hospital, pero ahora más por la pandemia y mi papá enfermo”.

Ese mismo día por la tarde, don Luis  fue atendido por un médico internista en una clínica particular. Por la ictericia, lo más probable era que fuera cáncer o piedras en la vesícula. Al día siguiente le realizaron el ultrasonido. 

El señor Luis Antonio regresó con un médico gastroenterólogo del Hospital Central, un doctor con trayectoria que además atiende en hospitales privados de la ciudad; él fue claro: era urgente realizar una colangiopancreatografía retrógrada endoscópica (CPRE); esto es, una cirugía ambulatoria que consiste en un estudio endoscópico y radiográfico para tratar problemas de los conductos biliares y el páncreas. Era urgente evitar que se envenene la sangre con tanta bilirrubina y dar un diagnóstico certero. Al igual que el médico familiar, el gastroenterólogo recomendó tratarse en hospital privado, y “nos dijo textual: ‘Les aseguro que, si bien nos va, se van a tardar de una a dos semanas en atenderlo. Mientras lo van a tener con suero y esperando. Porque ahora el hospital (Central) está saturado y los procesos están siendo muy tardados’; y mi papá no podía esperar tanto tiempo». 

Alejandra, en compañía de un abogado, metió un amparo para la pronta y efectiva atención de su papá. Pero la urgencia impidió esperar la respuesta. 

El 10 de julio, el día del cumpleaños de don Luis, fue ingresado en una clínica particular, la Beneficencia Española, para el estudio. Ese día, le confirmaron la presencia del tumor y colocaron una prótesis para drenar el líquido biliar. Esto le dio una esperanza de vida de tres a seis meses. La respuesta del Central llegó tarde. “Nos contestaron que teníamos que ingresar a mi papá al hospital cuando terminara la operación en la Beneficencia; pero el doctor que lo atendió nos dijo que era muy riesgoso por su situación y el coronavirus. Entonces, metimos una ampliación del amparo”, esto por si se necesitaba volver a tratar a Luis Antonio. 

Los días pasaron y la ictericia bajó, pero el dolor de espalda era intenso e iba en aumento. Una semana después empezó el vómito y la temperatura. Don Luis tenía una infección y era urgente internar, nuevamente, pero la respuesta de la ampliación del amparo aún no llegaba. Entre la urgencia y la desesperación, Alejandra llevó a su papá al hospital privado. Al llegar,  don Luis entró en shock: el tumor creció rápidamente e invadió la prótesis. Todo se desestabilizó, fue necesario ingresarlo al área de  Terapia Intensiva. La recomendación del médico, por la situación económica de la familia, era llevarse a Luis Antonio a morir a su casa, pero él, sorpresivamente, se estabilizó. 

Se necesitaba elegir lo que pasaría después y había de dos: operar nuevamente y poner una prótesis de metal, que costaba 35 mil pesos, o iniciar los cuidados paliativos. Tomando en cuenta, que según el diagnóstico, el tumor es inoperable, don Luis decidió los cuidados paliativos. 

«En ese momento, no sabíamos cómo le íbamos a hacer para pagar la cuenta del hospital. Los ahorros de mi papá se habían acabado en la primera hospitalización», recuerda Alejandra. «A las tres de la tarde me moví a sacar un crédito (bancario) para pagar la cuenta. Lo que más nos  alivianó fue que el doctor no nos cobró los honorarios, le firmamos una nota de crédito». 

De nuevo, la respuesta del Hospital Central llegó tarde, se recibió días después de que don Luis fuera dado de alta y se indicó que: sí, en el Hospital Central se va a atender al Luis Antonio.

La familia decidió acudir, nuevamente, para los cuidados paliativos y, además, se canalizó al Departamento de Oncología. Ahí se les ofreció proporcionarle quimioterapia, pero sin realizar  la biopsia, una parte fundamental del tratamiento, indicada por el médico gastroenterólogo. Mientras don Luis Antonio y Alejandra caminaban por el edificio de especialidades del Hospital Central se leían, en cada puerta, los carteles que indican que el hospital está saturado. 

Justo por esas fechas, el 22 de julio, el Hospital Central comunicó que la Zona de Especialidades, conocida localmente como el Hospital Central viejo, se encontraba saturado por pacientes con patologías distintas a covid-19. Hasta la fecha se mantiene esta situación. 

La familia de don Luis quedó en bancarrota después de la última operación en el hospital privado. Pero, la red de solidaridad entre conocidos y amigos de la familia han dado la posibilidad de seguir  luchando por la calidad de vida de don Luis, que ahora depende del Hospital Central.  

Pandemia en penumbras

Al igual que a Luis Antonio, a María le gusta escuchar música de los ochenta. Todas las mañanas, mientras desayuna y unos minutos después de eso, Pablo sintoniza la estación 98.5 FM en la radio, para que su mamá pueda escucharla. Después, a tientas, María camina por los pasillos de su casa y se sienta en algún lugar de la sala o su cuarto para comenzar a hablar por teléfono. Desde que perdió la vista, a mediados de abril, ha hablado con muchas personas que han pasado por lo mismo que ella. Esta parte del día es la que más le levanta el ánimo y calma su incertidumbre. 

María es diabética desde hace varios años, Pablo no recuerda exactamente desde cuándo, lo que sí tiene presente es que hace dos años inició con los  problemas de la vista. Comenzó con un resplandor que la deslumbraba, pero el máximo deterioro empezó en abril de este año, hasta que dejó de ver.  En los chequeos mensuales que María llevaba con su médico familiar, en el Hospital General de Zona 1 del  Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en San Luis Potosí, no había tenido necesidad de hacer estudios sobre su vista, porque nadie sospecha, ni su doctor, que le fuera a pasar esto. 

Desde marzo, que se empezaron a escuchar casos de covid-19 en la ciudad, los chequeos de María en el IMSS se suspendieron. Entonces, cuándo iniciaron las molestias, su familia decidió llevarla con un oftalmólogo particular. El resultado llegó el 18 de abril, María tiene un glaucoma neovascular con retinopatía diabética proliferativa con características de alto riesgo, es decir, una membrana se formó por la obstrucción de oxígeno en la retina y se formaron nuevos vasos sanguíneos que obstruyeron la circulación del humor acuoso y esto elevó la presión intraocular. Provocando ceguera. Es una complicación, casi siempre, irreversible y, en este caso, proliferativa a causa de la diabetes.  

Para el tratamiento de María, se indicó que se requiere urgentemente la colocación, en cada ojos, de una válvula de Ahmed -dispositivo de drenaje de humor acuoso para controlar la presión- y sesiones de láser de argón, para quemar los vasos sanguíneos que se vayan formando. Pablo cuenta que este tratamiento no le regresará la vista a su mamá, pero le evitará los dolores de cabeza provocados por la presión en el nervio óptico. 

Con los resultados y el tratamiento, Pablo fue a la Clínica 1 del IMSS para informar sobre el padecimiento de María. Ahí, se canalizó de urgencia al Hospital General de Zona 50 del IMSS, que es la clínica de especialidades en la capital, donde se realizan las operaciones.

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