Los mexicanos de clase media urbana o rural somos muy contradictorios: generosos con los extranjeros y en el aprecio de lo extranjero, pero implacables con nosotros mismos y lo nuestro.
Respetaríamos nuestros orígenes ancestrales mediante el respeto a sus descendientes directos, y respetaríamos nuestra historia, conservando y restaurando las huellas materiales de una herencia que otros pueblos nos admiran como nosotros no hemos sabido hacerlo.
Si no fuera así, en vez de imitar los estilos de vida, el lenguaje, la apariencia y costumbres de los estadunidenses, por ejemplo, reafirmaríamos nuestra identidad única, poniendo de relieve quiénes somos, cómo somos y por qué somos distintos de los demás.
Triste fenómeno de autodespojo de la propia historia y cultura que lleva a los autodenominados gastrónomos a inventar fusiones sin concierto ni equilibrio para mejorar y hacer dignas de las mesas turísticas nuestras cocinas, creyendo, ¿de verdad?, que con un Ven a Comer llegarán multitudes a nuestro país.
Una prueba es que, en vez de propiciar la continuidad del saber y el arte de nuestros compatriotas artesanos, garantizándoles condiciones viables y dignas de vida, nos resignamos ante su pobreza degradante, si no es que la propiciamos al permitir y comprar, en nombre del libre mercado, el ingreso de copias chinas de nuestros diseños y símbolos culturales.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/10/18/opinion/a04o1cul
