El papa Francisco no necesita de publicidad ni de todo el aparato policiaco-burocrático-mediático que se armó alrededor de su visita a México.
Tiene méritos personales, es una figura mundial, jefe de un Estado minúsculo, pero dirigente de una Iglesia universal, organizada y coherente; en México cuenta en sus filas, todavía, con la mayoría de los habitantes.
Para los creyentes, los espontáneos seguidores de Francisco, lo que hacen las autoridades federales y locales no es bien visto o les tiene sin cuidado, ellos, el pueblo, seguirán el ve- hículo del Papa sin estorbar, sin dañar a nadie, con su fe firme y sencilla y con profundo entusiasmo.
El humanismo católico choca frontalmente con los principios egoístas del neoliberalismo y el Papa peregrino contrasta con la pequeñez de quienes oficialmente lo reciben, preocupados por el escenario en que se moverán, las fotos, la publicidad a los lugares que visitará, por demostrar la eficacia de los operativos implementados para recibir a quien llega sin boato, sin más que su mensaje de buena nueva.
Para el pueblo creyente de la capital, la visita de un Papa, sus recorridos por las calles de la ciudad, significa la posibilidad de verlo aunque sea unos segundos, de oír su mensaje; la gente acudirá como ya lo ha hecho con otro pontífice, a recibir su saludo, a escucharlo; le aplaudirán y pedirán su bendición, esto aun cuando su visita no fuera oficial y los medios del sistema no exaltaran su viaje para provecho de su tarea permanente de aturdir y distraer.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/13/opinion/032a1cap
