Para quienes éramos niños resultaba imposible entender en qué había consistido nuestra participación en un hecho tan cruel, ocurrido lejísimos de nuestro pueblo, cientos y cientos de años antes de que naciéramos.
Mi abuela, siempre dulce y cariñosa, en Semana Santa se convertía en una dictadora.
IIMi tío, el mayor de la familia, no era el único enfermito .
Decir una mentira, comer un dulce a escondidas, escuchar las conversaciones de los grandes y, al menos por mi parte, aborrecer con todo el corazón a Felipa Muñiz: autoritaria y pellizcona.
Enfrente, en el Jardín Central embellecido por magníficos árboles de clavo, el sol del mediodía abrillantaba el plumaje negro de los tordos parsimoniosos, traviesos, inocentes.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/27/opinion/028o1soc
