Unos cuantos rasgos de la actual situación: el PIB cayó 3.3 por ciento en 2015 y se espera un retroceso similar de la economía el presente año; el manat, la moneda nacional, sufrió una importante devaluación; se deteriora el nivel de vida de la población, mientras la inflación se dispara; el gobierno tuvo que sofocar con violencia las primeras protestas.
Pero al margen de esa y otras semejanzas forzadas –caprichos todos de Ilham Aliyev, quien heredó la presidencia tras la muerte de su padre, Heidar, en 2003–, Azerbaiyán comenzó a tener serios problemas al terminarse la lluvia de petrodólares y vive hoy una realidad muy diferente, como uno de los países más afectados por el drástico desplome de precios de esas materias primas.
A todo esto, el presupuesto para 2016 se elaboró tomando como base el precio del crudo (50 dólares por barril) y un tipo de cambio (1.05 manats por billete verde) que ya no se puede cumplir y que habrá que ajustar, solicitando créditos urgentes al Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otros organismos para evitar que el malestar de la población devenga un estallido contra el régimen.
En los tiempos no tan distantes de bonanza del petróleo y el gas natural, la república ex soviética de Azerbaiyán –gobernada por una dinastía autoritaria que se mantiene en el poder a sangre y fuego ya durante 23 años, sin permitir la más mínima disidencia– aspiraba a convertirse en una suerte de segundo Dubai y, por eso, a nadie sorprendió que el nuevo símbolo arquitectónico de Bakú, las llamadas Torres Flama, parezca una calca, en versión triple, del hotel Burj Al Arab, icono de la opulencia de ese emirato del golfo Pérsico.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/05/opinion/018o1mun
