CulturaCBTA 44, ni olvido ni perdón.

CBTA 44, ni olvido ni perdón.

-

Julio César López

Un adolescente pecoso, de nariz bien perfilada y con el cabello rubio rompe la noche cuando rasga la guitarra y canta una canción del cubano Silvio Rodríguez, con los acordes que le enseñó su hermano menor, Pepe, casi niño, a quien por su color cobrizo de piel apodamos El Canelo.

Sobre la enorme plancha de cemento, hay una fogata que crepita alto, y en torno a ella se escucha la letra modificada, bien entonada, de Playa Girón:

“Compañeros de música, tomando en cuenta esas politonales, y audaces canciones, quisiera preguntar, me urge: ¿Qué tipo de armonía se debe usar para hacer la canción de esta escuela, con hombres de poca niñez. Hombres y solamente, hombres sobre cubierta? Hombres negros y rojos, y azules que pueblan la historia del CBTA de hoy”.

Rodean la fogata un montón de estudiantes de bachillerato, hombres y mujeres que apenas están saliendo de la adolescencia y piden al trovador siga entonando canciones de amor y guerra, novedosas para muchos hasta ahora. Se escuchan Te doy una canción, Madre, Canción del elegido, La era está pariendo un corazón y, por supuesto, Playa Girón.

Todos los presentes toman café con galletas de animalito y se les nota eufóricos porque participan en la huelga que busca derrocar al director de la escuela, acusado de “malos manejos”, o lo que hoy llamamos corrupción.

Un poco más noche, terminado ya el bullicio y a punto de dormir, un pequeño grupo de jóvenes analiza el momento político y decide el rumbo que debe tomar el movimiento. El primer acuerdo es nombrar comisiones. Unos serán responsables del cuidado de la escuela y de la manutención de los animales, y otros realizarán actividades de información, de prensa y propaganda.

Una voz juvenil propuso organizar la defensa, es decir, “preparar bombas molotov, por si se da el caso y somos atacados”. Al parecer, la propuesta original llegó del Comité de Apoyo a las Luchas Populares (CALP), pero la hizo suya un estudiante del CBTA. Se aprueba y se nombra a una comisión para ello.

Al día siguiente, unos llevan botellas de vidrio, otros gasolina y aceite y unos más azúcar y tela, para las mechas de “las bombas incendiarias”. No hay más. Otros ordenan las herramientas, entre la que destacan los machetes y barretones, palas y picos, que habitualmente son utilizados en las prácticas agropecuarias.

Así pasa el tiempo. Por las mañanas, juegos de futbol rápido, comisiones para alimentar el ganado: vacas, borregos, cerdos, pollos y conejos, y grupos que salen a perifonear al pueblo, para informar de los motivos de la inconformidad.

Entre el grupo dirigente, del lado de los estudiantes, se destacan El Nenito Zapata, Hugo Calincho, Aguilucho Pinto, Murci Lara, Elías Tacuatz, El Patotas Trujillo, Coco González, Andrés Panoch, Tim Guaraches. Zurup Fino y Kalimán Uhlig, que es el pecoso, rubio, guapo, con aspecto de alemán, que ameniza las tertulias nocturnas.

De los maestros y personal de apoyo, están Covarrubias, Bladimiro, El Machín, Gilgamesh, don Otto y don Rigo; todos lidereados por un agrónomo chapinguero, del MRP, llamado Juan Carlos y el Monje Mejía, un viejo militante trotskista.

Es 1984 y al paso de los días el movimiento crece a ratos y a ratos desmerece.  Algunos estudiantes dejan de llegar. Otros, asustados dejan la escuela y buscan refugio en el CBTA de Ocosingo. “NO queremos perder el año”; es el argumento.

En una reunión cerrada, un pequeño grupo, semiclandestino, decide pasar a la acción y planea secuestrar al director, Mena Marrufo, acusado del robo del dinero de la producción del café. Los estudiantes saben que se producen 70 quintales –ellos lo cosecharon– y él reportó solamente 4.

TE PUEDE INTERESAR  Sismo de magnitud 5.7 sacude Oaxaca y activa alertas; descartan daños

El Zurup Fino se apuntó para el seguimiento del objetivo. Lo vigilaba desde su bicicleta y, para pasar desapercibido, usaba una gorra roja; lentes oscuros y unos binoculares, para localizarlo a distancia.

Otros encerraron en su casa a los profesores leales al director. Colocaron una cadena en la puerta de la casa donde vivían Güemez y el Yuca. Ellos tuvieron que pedir auxilio para poder salir.

Él Zurup Fino pronto tuvo éxito. Ubicó en el centro a Mena Marrufo. Avisó y la comisión de “arresto” llegó enseguida al lugar donde estaba el director. Iban Andrés Panoch, Nenito Zapata, Patotas Trujillo y el Zurup Fino. Ellos fueron los que secuestraron a Mena Marrufo. Lo subieron a la fuerza a un taxi y lo llevaron al CBTA 44, en el Barrio Lindavista. Otros estudiantes custodiaron el carro; corriendo a ambos costados.

Los estudiantes se animaron tanto, que creyeron que habían ganado la lucha. Pensaron que, tras su captura, Mena Marrufo firmaría de inmediato su renuncia. Pero no fue así.

Una comisión, integrada por Hugo Calincho y el Nenito Zapata voló en avioneta a Tuxtla, para negociar el fin de la huelga. A cambio de la libertad de Mena Marrufo, exigían la renuncia de él y la de los profesores que le eran leales.

Nunca se imaginaron que, como respuesta, recibirían un ataque de grandes dimensiones en las instalaciones tomadas. El médico Julio, armado con pistola, encabezó la agresión, aquél 18 de noviembre de 1984.

En el ataque, participaron campesinos indígenas que exigían el pago del café que entregaron a una Cooperativa que les debía “el remanente”, una especie de sobreprecio que se entregaba una vez colocado el producto en el mercado internacional.

A ellos los engañaron. Les dijeron que el dinero lo tenía Mena Marrufo y que si querían que les pagaran, tenían que liberarlo. Y allá fueron.

Cuando llegaron, entraron por los dos flancos, y se toparon con tan solo 18 estudiantes y maestros cuidando la escuela. Entre los maestros, estaban Covarrubias y Tobías.

El primer choque se dio desde la entrada. “Don Otto, don Otto, mire usted cómo le voy a pegar en la cabeza a ese cabrón”; gritaba Tim Huaraches cada que usaba su resortera, con esa puntería infalible que le servía para matar pajaritos.

Varios campesinos cayeron con esa maniobra. Cuando estaban más cerca, Tim Huaraches guardó la resortera y exhibió un velocímetro que utilizó en forma de látigo para evitar el encontronazo cuerpo a cuerpo con los indígenas. A uno le enrolló el velocímetro en el cuello, y el chisguete de sangre brotó de inmediato.

El Kalimán Uhlig, recién operado, se defendió con un bat de los que se usan para jugar beisbol. Los demás usaron las bombas Molotov o las herramientas que tenían preparadas.

El médico Julio logró llegar hasta los laboratorios de química y, enfurecido, sacó la pistola y apuntó al pecho de un estudiante. El estudiante no se acobardó; abrió el gas de una mesa de trabajo cercana y con una bomba Molotov encendida, le dijo: “dispara, cabrón, y aquí nos morimos todos”.

Dentro del laboratorio, estaba Mena Marrufo, el director secuestrado; cagado de miedo.

Pero lo que en verdad salvó a los muchachos, fue el apoyo que los vecinos les brindaron. Hombres y mujeres se sumaron en al movimiento en el momento que más se les necesitaba.

Ellos llegaron por la retaguardia y comenzaron a garrotear y apedrear a los agresores. Se destacaron la esposa de don Rigo, mamá de Los Pulgas, y un hombre fortachón, alto, güero, de bigotes que usaba sombrero, camisa de mezclilla casi siempre sin abotonar.

TE PUEDE INTERESAR  Grupo armado incendia autobús en Juchitán; gobierno pide a población resguardarse

El Pillo, un estudiante que era portero de la selección de futbol, también se destacó ese día. Derribaba a los agresores con los lances que previamente había practicado en el cafetal, tirando matas de plátano.

En algún momento, apareció el cura Loren y trató de mediar: “Hijos, busquemos la paz”; dijo con vehemencia, metido en la trifulca. En respuesta recibió un garrotazo del grupo agresor. “Hijos de su puta madre”; se escuchó salir de su boca casi santa.

Cuatro horas duró el enfrentamiento. Al final, los indígenas salieron corriendo y los estudiantes aprovecharon para prender fuego a dos de los camiones en que llegaron los campesinos, uno a cada lado.

Elías Tacuatz fue el que lanzó las bombas Molotov contra el primer camión. Dicen que era de un tal Huber, de esos de 3 toneladas, que procedía del ejido Bachajón. El otro, cuentan, era de un tal Parcero, del municipio de Tila.

“Corran que va a explotar”; fue lo último que gritó el Tacuatz. Y es que, tan pronto lanzó las Molotov, recibió un golpe en la cabeza que lo hizo desvanecer. Nadie sabe hasta ahora si fue una pedrada o un leñazo, pero El Aguilucho Pinto fue el que auxilió al estudiante desmayado.

Cuando todo pasó, y la Comisión Negociadora se enteró de la agresión y del triunfo de sus compañeros, exigió al gobierno del Estado un helicóptero para su pronto retorno a Yajalón.

Llegaron y lo primero que hicieron fue organizar la defensa armada. Estudiantes y padres de familia, hacían guardias con las armas expuestas. Hasta francotiradores colocaron en el techo de los salones.

El apoyo se volvió masivo. Exigieron entonces la presencia del gobernador, Absalón Castellanos Domínguez, el temible general que años atrás encabezó la masacre de Wolonchán.

Las madres de los estudiantes se volvieron imprescindibles. Destacaban doña Chalupa, doña Patotas, doña Tzanel, doña Panoch, doña Murci, Ellas animaban e invitaban las cenas. Eran una especie de Adelitas modernas.

Llegó el general Castellanos hasta el CBTA 44 y lo primero que pidió fue que bajaran la bandera rojinegra que ondeaba en el asta bandera. “Esa bandera lastima mi vista”; dijo y exigió bajarla. Los estudiantes cedieron y se dio la negociación.

Ellos liberaron a Mena Marrufo y él y otros maestros y trabajadores firmaron su rendición, es decir su renuncia. Salieron así, corridos, el director, el médico Julio, Güemez, Miguel Cangrejo, doña Leti y Robinson, entre otros.

Para eso, los huelguistas ya habían leído un montón de libros. Recuerdo Un mexicano más, de Sánchez Andraka; Pedro Páramo, de Juan Rulfo; El Manifiesto del Partido Comunista, y otros de Marx y Engels; Secuestro y capucha, de Cayetano Carpio y por supuesto La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, de Omar Cabezas.

Quizá por ello, cuando se trató de celebrar la victoria del movimiento estudiantil, se organizó una marcha con antorchas, al más puro estilo de la Revolución Sandinista que, seguro, nadie ha podido olvidar hasta el día de hoy; 37 años después de aquella legendaria madriza que pudo terminar en tragedia en la siempre eterna tierra verde.

Y sí, cada que hay fogata, ya no movimiento estudiantil, el Kalimán Uhlig  sigue tocando Playa Girón, con los arreglos que le enseño su hermano Pepe Canelo.

Últimas noticias

Lilia Gemma García Soto, justicia y reconocimiento para una mujer incorruptible

Calificada como una profesionista comprometida con las causas sociales Su asesinato en medio de un entramado de aguas turbias Soledad Jarquín...

Obtiene FGEO vinculación a proceso contra seis personas por lesiones calificadas con ventaja, ocurridas en San Juan Juquila Mixes

Oaxaca de Juárez, Oax., a 13 de marzo de 2026.- La Fiscalía General del Estado de Oaxaca (FGEO) obtuvo...

Quizá te pueda interesar
Recomendaciones para ti