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Desafiar a la frontera desde un par de pedales

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Esta es la historia de la diáspora migrante que se sube a la bicicleta en Chiapas, y con esto, desafía fronteras y estructuras de esos no lugares que habitan

Texto y fotos: Rogelio Josue Ramos Torres*

CHIAPAS. – Una luna brumosa raya la media noche sobre el ajetreo que reina en el parque deportivo de Arriaga, en la costa de Chiapas. Más de tres mil personas integrantes de una de las últimas caravanas que desde hace unos años atraviesan México con rumbo al norte preparan su salida.

Los pastores que lideran dan instrucciones, las casas de campaña y lonas que han servido como refugio se levantan, los perros callejeros olisquean en busca de desperdicios, las madres empacan ropa y botellas de agua, los niños se espabilan, los jóvenes se calzan, los viejos estiran la espalda para aliviar los dolores, las mochilas suben a los hombros, las suelas percuten el terreno y empieza la marcha.

Es imprescindible ganarle horas al sol. Algunos hacen las últimas compras a vendedores de refrescos o alimentos que llegan a esa hora a instalarse al pie de la carretera, “no sé qué haríamos sin esta gente, si no fuera por ellos no saldría para el gasto, que dios les acompañe”, dice, refiriéndose a los migrantes, una de las vendedoras.

El movimiento de la marabunta levanta polvareda, la carretera yace impasible, acechante, bajo los miles de pasos que hacen trepidar su asfalto. La trayectoria de una bicicleta corta como laja la muchedumbre, en la parrilla lleva 3 palos atravesados que sirven de soporte para cargar un par de bultos. Detrás de esta aparece otra, luego otra más, luego un contingente entero que rueda acompasadamente inmerso en la multitud. Para cuando la caravana se encuentra completa ya sobre cinta de chapopote son cientos las bicicletas que emergen de entre la masa, con sus cornamentas y sus cromos brillando en las contraluces de la noche, avanzando como esos rebaños solemnes que desfilan las estepas. Pares y pares de ruedas que giran sigilosos introduciéndose en la ruta con su carga a cuestas, mochilas, bolsas, garrafones, hermanos, esposas, abuelos, niños que se aferran al piloto mientras contemplan el andar del resto de los caravaneros.

Les espera un tramo particularmente duro, el Istmo que comparten Chiapas y Oaxaca es ecológicamente hostil. “Acá no hay árboles como en las otras partes de la carretera, hermano, y el calor es más fuerte”, le dice un joven ecuatoriano a su compañero. A ese punto, la caravana ha ya caminado cerca de doscientos cincuenta kilómetros, y otros cincuenta los esperan en este nuevo trayecto. El objetivo es llegar a San Pedro Tapanatepec, y ahí valorar de nuevo las opciones para llegar a la Ciudad de México primero, y a los Estados Unidos, después. Para los más cansados el recorrido será infernal, la distancia acumulada castiga sin piedad las plantas de los pies, para entonces se camina apretando duro los dientes y haciendo como si no dolieran las llagas, como si las fiebres y la deshidratación no fueran zopiloteando permanentemente el paso.

Pero para los ciclistas es diferente. Su presencia delata la superación de un noviciado que pone al fenómeno migrante en otro lugar. Y es que, como escribió en algún lugar Eraclio Zepeda, el camino lo ve todo, y el que vive en el camino sabe mucho, y puede averiguar cada huella, cada casa, cada bestia, cada muerte. Así es la marcha migrante, un recorrido que va recogiendo a cada paso aprendizajes que se adhieren instintivamente al cuerpo. La incorporación de la bicicleta es parte de ese adiestramiento. Algunos de quienes tienen la mejor información sobre las condiciones del paso por el país llegan a la frontera con Guatemala buscando adquirir una.

A varios los desaconsejan los rumores, “nos dijeron que la Guardia Nacional le quita a uno todo en el retén de Viva México, por eso no compramos bicicleta en Tapachula.”

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Lo cierto es que, cuando la caravana parte del lindero sur del país, son apenas unos cuantos los que pedalean. La mayoría se enfrenta al camino en términos más ásperos, más penosos, más brutales. Es, en ese sentido, un maestro severo el camino, su pedagogía es la de cientos de trampas y escollos colocados por las instituciones de un país que no renuncia a comportarse como perro guardián del vecino, pero también por organizaciones criminales que asolan y depredan en las rutas. La incorporación de la bicicleta está dictada en buena medida por la necesidad de burlar esas celadas, y por la de hacer de la trashumancia un antídoto, un frente capaz de romper los frenos que niegan el derecho a dejar atrás un pasado para aspirar a un porvenir.

“Pues yo aquí tengo mi negocio como ve, soy mecánico y también parchamos llantas. Y sí vemos a diario pasar migrantes, uno les ayuda en lo que puede. Últimamente vienen muchos en bicicleta, a veces pasan uno, dos, o grupos más pequeños, pero a veces pasan hasta treinta o cuarenta, y ya les ponemos un tornillo o alguna pieza en lo que descansan un rato aquí en la sombra”, dice Martín, que trabaja al pie de la carretera Panamericana entre Tonalá y Pijijiapan.

Bicicletas para romper fronteras

Para la diáspora migrante, cruzar el Suchiate y proseguir a pie es caminar cargando a cuestas los lastres tiránicos de fronteras que se mueven, que persiguen a quienes osan desafiar a las mitologías del Estado-Nación, esas para las que la pureza de la soberanía implica mirar a otros como agentes contaminantes. Vivimos días en los que se puede ser humano sólo si primero se es ciudadano. Por eso, el antropólogo iraní Sharam Khosravi (2010) sostiene que las fronteras no son solamente las líneas entre países, sino los dispositivos que delinean nuestra forma de ver el mundo. De ahí que el mayor desafío para el migrante sea el de sacudirse de encima la frontera, y en ese objetivo ha encontrado en la bicicleta una herramienta que en algo ayuda a hacerlo.

En este contexto, la bicicleta es prueba de que la lección contenida en las letras pequeñas del clausulado territorial ha sido aprendida. Si la eficacia de una frontera se mide por su capacidad para detener personas, la migración se aquilata en términos de movimiento, en revoluciones sin brida. Una esencia que encuentra en la bicicleta un buen medio para sostenerse cuando todas las demás vías se han cerrado. Porque, desde que las autoridades prohibieron la venta de pasajes de autobús a migrantes en el sur de Chiapas, la apuesta estatal fue clara: marcarlos con el hierro de la ilegalidad y abandonarlos a su suerte.

Para eso sirven las fronteras, dice el sociólogo Giorgio Agamben (1998), no para que el Estado ejerza la violencia cuyo poder tiene entre sus facultades, sino para que las personas se las arreglen por su cuenta y sean otros los perpetradores. Por eso, se les somete a padecer los riesgos de las rutas, esperando que el apetito caníbal de caminos y carreteras los devore tarde o temprano. Lo que las autoridades nunca se esperan es la audacia del peregrinar migrante, que en este nuevo episodio ha encontrado en las dos ruedas el recurso para saltar por enésima vez las trancas y desafiar, desde el movimiento, una vez más, todas las prohibiciones. Pedealear los límites

Recorrer la ruta dentro de la caravana es sumergirse en una marcha tan obstinada como cruel, dolorosa, pungente pero optimista y esperanzadora a la vez. El paso de los más fuertes es a prueba de todo, caminan leguas sin vacilar. Para los más vulnerables, en cambio, el sacrificio es enorme, la pesadez de su avance los va dejando paulatinamente atrás hasta que la gran serpiente humana se desfragmenta en pequeños grupos que llegan a quedar separados decenas de kilómetros de los punteros.

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Los últimos llegarán, como en los versos de León Felipe, cubiertos por todos los polvos del camino, extenuados, deshidratados, adoloridos, reducidos a detritos humanos. Su retraso significará descansar mucho menos, conformarse con los sitios sobrantes en los lugares de acampada, los menos cómodos para dormir. Tampoco quedarán muchas fuerzas para ir a buscar comida o remedios para los malestares, inaugurando así un círculo vicioso en el que el avance carcomerá progresivamente el cuerpo.

No pueden, sin embargo, permitirse desfallecer, quedar fuera de la caravana es caer en manos de los agentes del Instituto Nacional de Migración, de la Guardia Nacional, o de los coyotes y delincuentes que medran en las rutas. “Me caí en la zanja de la carretera – dice Elvira, salvadoreña, desde la banca en que quedó postrada con un pie entablillado – ya era noche, no veía bien y como iba hasta atrás me hicieron correr, y ahí se me fue el pie a un lado. Una patrulla me trajo aquí al hospital, luego me curaron y me sacaron aquí al parque. Ahora no sé si voy a poder alcanzar a la caravana.”

Su caso contrasta diametralmente con el de Amrrita, también caravanera, guatemalteca, de veintidós años, viaja con su novio y el padre de este. Se le ve dejando momentáneamente las filas y pedalear hasta una palapa de cocos del otro lado de la carretera. Faltan menos de diez kilómetros para llegar a Tapana. Se mira fuerte, fresca, de buen humor.

“Nosotros compramos la bici en Huixtla, nos costó mil pesos, nomás le pusimos esos que les dicen diablos para subir a uno. Bueno, luego también se le cayó un pedal, pero se lo compusimos. Mi novio es el que maneja, a veces me lleva a mí, a veces a su papá. No nos alcanzó para otra, pero de todos modos vamos bien. ¡Uy si todos trajéramos bicicleta imagínese!, ya desde a que hora hubiéramos llegado a la Ciudad de México, no tendríamos que esperar. No que ahorita mire cuantos faltan todavía de llegar.”

Autodefensa en dos ruedas

Las académicas Amarela Varela y Lisa McLean (2019), dicen que las caravanas son ejercicios de autodefensa, ellas mismas recuerdan cómo en las primeras versiones se podían ver personas usando carriolas, mochilas y demás objetos como coraza para atravesar los infames vallados migratorios.

La bicicleta es un nuevo ingrediente en esa misma estrategia, pues, al permitir a las personas mantenerse dentro del contingente, ayuda a no perder el amparo del grupo. La bicicleta suma, de esta forma, capacidades a la autoprotección y contribuye a evitar la merma de fuerzas que componen el colectivo. Pedalear junto al resto, en este sentido, es un pertrecho, un movimiento que, como en el caso de las grandes competencias ciclistas, encuentra en el pelotón el dinamismo necesario para no quedarse atrás. Una cualidad que, dentro de la experiencia migrante, provee una autonomía que, entre otras cosas, ayuda además a mantenerse lejos de la necesidad de pagar por un viaje clandestino que puede acabar muy mal.

Por este tipo de beneficios, la bicicleta se vuelve también un capital codiciado durante la ruta. La caravana, a fin de cuentas, es un mercado errante en el que la capacidad de movimiento determina el precio de las cosas. Algo así como lo que sucede en los barrios profundos de las metrópolis norteamericanas, donde, como recuerda el periodista Parick Symmes (2021), el sexo, las drogas, el efectivo y las bicicletas funcionan como monedas de cambio. De este modo, el vehículo se convierte en un patrimonio ambulante del que las personas disponen cuando la necesidad apremia.

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