Termina así una de las carreras más atípicas del negocio musical: el literato que se convirtió en estrella del pop.
Cohen compartió sus inquietudes religiosas, sus urgencias amorosas, los horrores del siglo XX; nos hizo más sensibles y escépticos.
Cohen ya era treintañero cuando se empeñó en dedicarse a la canción.
Encajaba perfectamente en la cultura del viejo continente: su pasión por Federico García Lorca, su sintonía con la chanson francesa, su elegancia indumentaria.
Y se benefició de la tolerancia general para los diferentes: durante años, necesitó alcohol y otras drogas para salir al escenario.
Fuente original: La canción hipnótica se queda sin voz | Cultura | EL PAÍS
