La primera vez que llegué a Cartagena fue por el año 1984.
Fueron un par de días de felicidad provisional mientras a lo lejos, a través del mar Caribe, la tormenta sombría y violenta de la guerra civil se cernía sobre Nicaragua.
Desde entonces siento que nunca terminaré de descubrir esta ciudad, imposible de desentrañar porque las capas de que está compuesta son como las de una cebolla infinita, de modo que llegar a la siguiente puede tomar años de nuevas exploraciones y nuevos descubrimientos, en el aire un eterno vallenato que cuenta historias y cuenta la historia, la antigüedad empozada como en una cisterna de aguas oscuras.
Fue por esa razón que el comandante José de Herrera y Sotomayor, teniente y capitán del batallón de la plaza de Cartagena, y probado ya en acciones contra los ingleses, fue designado en 1753 comandante de la fortaleza de La Inmaculada y Purísima Concepción situada en el curso del río San Juan en Nicaragua, por donde bucaneros y corsarios buscaban penetrar hasta las ciudad de Granada, junto al Gran Lago.
Eran tiempos de negociaciones por la paz en Nicaragua, en las que el presidente Belisario Betancur se empeñaba, y tras una visita mía a Bogotá me invitó a que pasara con Tulita, mi mujer, un par de días en la casa del fuerte de San Juan de Manzanillo para que conociera aquella ciudad que seguía siendo mentira en mi cabeza mientras no traspusiera sus murallas, y nos confió a los cuidados de Gabo y Mercedes.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2015/10/16/opinion/022a2pol
