Durante muchos años he sostenido que los partidos políticos, particularmente los de oposición, debían tener una clara definición que los distinguiera de sus oponentes.
No omití que para partidos de ese tipo les sería difícil ser competitivos electoralmente, pues simplemente por su mayor definición (ideológica y eventualmente de clase) tenían que ser excluyentes y, al serlo, disminuirían sus probabilidades de ganarle a los partidos más incluyentes y más aceptados, normalmente de centro (centro izquierda, centro derecha).
Éstos se corrieron al centro con el fin de competir con los antiguos partidos socialdemócratas o se quedaron en algunos casos (los más radicales) en el limbo electoral de los partidos marginados y minúsculos que sólo por alianzas con los grandes podían lograr cargos de representación, digamos en el parlamento.
Los partidos comunistas, con este u otro nombre, desaparecieron o disminuyeron en tamaño e influencia y, peor, los trabajadores que antaño decían representar, por lo menos en Europa, se pasaron a las filas de los partidos ultraderechistas, nacionalistas y xenófobos que han venido ganando terreno en varios países.
Lo más grave para ellos fue que no pudieron competir con los partidos socialdemócratas que desde hace casi 60 años dejaron de ser anticapitalistas y, todavía peor, que fueron despareciendo del mapa partidario para convertirse en híbridos poco diferenciados de la mayoría de los partidos que por décadas se habían presentado en el centro-izquierda.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/02/11/opinion/022a1pol
