A raíz de su artero asesinato, el portal Vatican Insider publicó una foto de la dirigente indígena al lado de Francisco con el significativo título de “Berta Cáceres y los mártires de Laudato Si”.
Una vez más constatamos que en nuestros países, bananeros o petroleros (poca diferencia hay a final de cuentas), los aparatos de administración de justicia están diseñados más para reprimir activistas que para castigar delincuentes.
Berta, la mujer lenca dirigente del Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (Copinh) estuvo presente en la primera reunión del Papa con organizaciones populares en el Vaticano en octubre de 2014, previa al lanzamiento de Laudato Si (la segunda reunión, posterior a la publicación de la encíclica, fue en Bolivia, en julio de 2015).
Así lo demuestra el reciente asesinato de Berta Cáceres en Honduras y las secuelas que ese crimen están teniendo para Gustavo Castro, el mexicano que la acompañaba, testigo y sobreviviente del atentado, quien, todavía en el momento de escribir estas líneas, se hallaba en una extraña situación, llamada de alerta migratoria , en la que no puede abandonar el país ni se puede acoger a la protección de la embajada mexicana y es, en resumidas cuentas, tratado más como presunto sospechoso que como víctima.
Ciertamente personas como Berta Cáceres, Gustavo Castro y los miles de indígenas y no indígenas que luchan por defender los derechos de los pueblos, a la par de los derechos de la tierra, no se esperaron a que apareciera la Laudato Si –carta al mundo de Francisco para el resguardo de la casa común – para emprender esa lucha, pero supieron reconocer en ella la expresión de sus propias inquietudes y demandas, y en Francisco un valioso aliado para animar y potenciar sus movimientos.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/12/opinion/005a1pol
