Del Domingo de Ramos recuerda: “Muy temprano acudíamos con mis padres a misa y a la salida comprábamos las palmas y nos las bendecían.
También colgábamos palmas en los balcones y todas ellas duraban todo el año, hasta el nuevo Domingo de Ramos en que, con igual entusiasmo y fervor, volvían a conmemorarse los acontecimientos de tal día”.
La multitud lo rodeó y lo acompañó con ramos de olivos y palmas en las manos entre cánticos y exclamaciones de júbilo.
El domingo anterior a su muerte, Jesús ingresó triunfalmente en Jerusalén.
Los artesanos preparan la tierra, siembran las palmas en el monte, las recolectan y las ponen a orear.
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/03/20/opinion/028a1cap
