DestacadasFrancisco, el comandante escindido.

Francisco, el comandante escindido.

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Julio César López

Agonizaba el año 2001 cuando conocí al comandante Francisco. Cinco años antes, en agosto de 1996, había estado con él en la Sierra Madre Oriental, pero un paño color café le cubría el rostro y apenas dejaba asomar una parte pequeña e irregular de sus ojos.

Imposible reconocerlo de no ser por la voz.

–Buenas noches; dije al traspasar la puerta de tablas de la vieja cabaña en que se hallaba.

–Buenas noches; respondió con típico acento sureño.

Estaba sentado en una banca de madera, con los brazos colocados encima de una desolada mesa del mismo material, de forma rectangular, pintada de color blanco. 

Cuando se levantó para estrechar mi mano, se alzó una figura musculosa de mediana estatura, de no más de 1.70 metros. Su mano derecha, firme, áspera y fuerte, me pareció similar a la de un hombre de campo.

La persona que lo acompañaba, un hombre alto y robusto que esta vez sirvió de enlace, confirmó sin rodeos. “Es el comandante Francisco, del Ejército Popular Revolucionario”.

La barba, un tanto descuidada, la misma que advertí en 1996 bajo el paño café, evocó en mí recuerdos del viaje a la Sierra Madre Oriental, en el centro del país, donde un colectivo de periodistas realizamos la primera entrevista al grupo armado que se dio a conocer en el Vado de Aguas Blancas, Guerrero, un mes y medio antes, en el primer aniversario de la masacre de 17 integrantes de la Organización Campesina de la Sierra del Sur (OCSS).

Esta vez, en plena Noche Buena, 24 de diciembre del 2001, el comandante Francisco mostraba el rostro tal cual es ante un periodista al que, creo, consideró confiable.

¿Me creyeron? Todo es cierto, excepto el lugar. El encuentro, ahora lo puedo revelar, fue en mi domicilio, en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Y mi casa no es precisamente una cabaña, pero sí está al pie de la montaña, colindante con la Reserva del Huitepec.

El acompañante, el hombre alto y robusto, también lo puedo decir hoy, era mi hermano, El Gordito de Espejuelos, ex militante de la Liga Comunista 23 de septiembre (LC23) y del extinto Partido Revolucionario Obrero Clandestino Unión del Pueblo (Procup).

Como si fuera hoy, mientras escribo estas líneas viene a mi mente la tez blanca del comandante; con tremendas ojeras y una mirada, la de él, profunda, en la que se advertía un hombre generoso, de convicciones arraigadas.

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En esa ocasión, entrada la noche y a propuesta suya dejamos la cabaña –hecha de adobe, sin repellos– “para aminorar riesgos” y poder platicar con soltura. Chin; ya sé que debí decir “dejamos mi casa”, que no es ninguna cabaña de adobe sino una casa de block, repellada y pintada de blanco.

Los tres caminamos lentamente escasos cien metros rumbo a una pequeña montaña, iluminados sólo por la luz de la luna decembrina.

Entre los pinos y cipreses, y un pequeño arroyo que atravesaba el bosque y los cultivos de pera, el frío calaba hasta los huesos.

La charla, recuerdo, se prolongó por más de una hora. El motivo se hizo evidente desde el primer momento: el comandante Francisco quería hacer pública su salida del Ejército Popular Revolucionario (EPR).

De pie, cruzado de brazos, con voz baja y pausada explicó la razón principal de su renuncia: El EPR, grupo del que formó parte desde su creación, había “traicionado los principios revolucionarios” que le dieron origen.

Su franqueza me estremeció. No lo podía creer, pero poco a poco el comandante fue contando, de manera general, de los dirigentes que en distintos momentos abandonaron la organización.

Algunos dirigentes, como los comandantes Antonio y Roldán, dejaron las filas del EPR antes que él. Antonio, el más bragado de todos, encabezaba la tendencia insurreccionista y cuando se escindió creo el Ejército Revolucionario del Pueblo Insurgente (ERPI). En algún momento fue detenido, por un desliz con “La Juchiteca”, y liberado más tarde, cuando se graduó de pintor.

Otros comandantes salieron junto a Francisco y unos más, como los comandantes José Arturo, El Moreno y Victoria, después de él. El EPR se desgranó desde arriba.

Los “desertores” –de alguna manera se les tiene que llamar– prácticamente eran todos los que habían aparecido en actos públicos. Los que a nombre del EPR habían encabezado las maratónicas y tortuosas conferencias de prensa en las montañas y ciudades del país.

Eran, seguro, todos los jefes guerrilleros a los que como reportero de la revista Proceso tuve acceso en la Sierra Madre Oriental y el Valle de México (¿acaso el Distrito Federal?) en 1996.

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Ante lo increíble de la revelación, próximo el fin de la charla, el comandante Francisco prometió ampliar la información y entregar documentos para respaldar su dicho. “Son documentos que la policía política ya tiene, porque los incautó en casas de seguridad de la organización”; advirtió. 

La casa de seguridad a la que se refería, era en la que detuvieron a los hermanos Cerezo Contreras que, después se supo eran los hijos de los que se quedaron con las siglas y estructuras del EPR, y hoy se dedican a la defensa de los presos políticos.

El caso es que esa noche aprovechamos para regresar a la cabaña, a tomar un té de piña con pan –ponche– y ahuyentar el frío al lado de un fogón cuyos leños ardientes cumplían a la perfección el doble propósito de estufa y chimenea.

¿Fogón? No; no había tal fogón sino una bella chimenea donde el fuego crepitaba y dibujaba imágenes inverosímiles en la pared de enfrente y en el rostro rebelde del comandante.

¿Ya se emocionaron? Yo también, pero lo que sigue se los contaré en el próximo relato. Les diré, eso sí, que esa noche pactamos una entrevista videograbada que a la postre publiqué en la revista Proceso y vendí a CNI Canal 40, antes de que el maloliente Ricardo Salinas Pliego lo destruyera, con la toma armada del Cerro del Chiquihuite.

El comandante Francisco durmió en mi casa y, para bien o para mal, al día siguiente me visitó mi hermano Fredy y, sorprendido por la presencia de “Francisco”, lo saludó con familiaridad con su nombre real, pues los dos se habían conocido en las casas de estudiantes en la Ciudad de México, a principios de los años 80.

Claro que ustedes, amables lectores, se quedarán con las ganas de conocer la identidad del comandante rebelde, porque no soy ningún delator, y mi hermano Fredy se llevó el secreto a la tumba, pues lo asesinaron de manera artera y nunca supo que su amigo era uno de los más importantes jefes guerrilleros del EPR.

La entrevista que pactamos para después, tardó 35 minutos, y la realicé en La Cabañita de mi hermano Pepe, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

¿Ven que no todo era putería en ese lugar?

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