Diana Manzo
Su principal virtud es la paciencia. Con un pincel delgado limpia cuidadosamente cada una de las partes del cuerpo para retirar los diminutos residuos de polvo, para posteriormente comenzar con la restauración.
Desde hace diez años, Pedro Hernández, artista plástico de 35 años edad y originario de Unión Hidalgo, realiza este oficio como una tradición para devolverle la vida a los “Niños Dios”, que para las familias son un integrante más de su hogar.

El arrullo navideño de los “Niños Dios” en México es tradicional
Se realiza el 24 de diciembre por la noche como una escena del paisaje bíblico del nacimiento del niño Jesús, por lo que reparar las figuras dañadas de yeso y resina va más allá de una restauración, es un acto de devoción y fe.
Asimismo, la restauración -este oficio que a Pedro le apasiona- es uno de los más olvidados en México.
Principalmente las personas adultos mayores son quienes lo realizan; sin embargo, para Pedro ser uno de ellas, le da mucho orgullo.
Cuenta que tres meses antes de la Navidad su casa se convierte en refugio de “Niños Dios”.
Llegan entre 15 a 20 cuerpos de yeso que requieren una restauración profunda, desde resanar las grietas o hasta restituir algunas partes del cuerpo.

Realizar este oficio artesanal y tradicional llena de orgullo al artista, porque es uno de los pocos oficios que aún sobreviven, por lo que agradece a las personas que acuden con él en busca de devolverle la vida a sus “Niños Dios”.
“Mucha gente ahora ya no restaura, mejor tira y vuelve a comprar. Sin embargo, la restauración es un oficio que a pesar de la tecnología sigue conservándose.
Porque en el caso de los “Niños Dios” muchas veces son herencia de la abuela o de la madre, y han pasado de generación en generación”.
**Paciencia y amor en la restauración**

La paciencia y el amor son las principales herramientas de la restauración, -porque asegura- le da mucha satisfacción ver a las personas e inclusive familias recibir a un Niño Dios restaurado, limpio y sin grietas.
“Me ha tocado ver a las familias llorar cuando ven restaurado a sus “Niños Dios”, porque para ellos es un integrante de la familia.
“Terminando la Navidad ellos los levantan y los colocan en los altares tradicionales.
“Acá en el Istmo las personas tienen altares donde colocan sus imágenes religiosas que veneran, entonces el Niño Dios ocupa un espacio primordial”, agrega.
Cada Niño Dios restaurado le lleva a Pedro entre 10 a 15 días, porque es una labor de cuidado, limpieza y meticuloso, no se trata de pintar por pintar, en muchas de las ocasiones hasta se reconstruyen partes del cuerpo.
“Las personas cuando traen a sus “Niños Dios” me cuentan también su historia y muchas datan de casi un siglo, porque son una herencia, entonces han conocido la evolución no solo familiar, sino social, y eso es importante.
“Hasta el color de los “Niños Dioses” es importante; algunos son de piel blanca y otros oscuros, lo que significa, que también en estas figuras religiosas se va cuidando que no haya racismo ni discriminación”, señala.

El artista concluye afirmando que tras la restauración de los “Niños Dios”, las familias se reencuentran también, pues uno de sus integrantes de nueva cuenta ya está de regreso a casa.
