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Navidad y violencia vicaria: “Cuatro años pasaron para que Luvia   pudiera celebrar  con su hijo”

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Diana Manzo

Oaxaca, Oax.- Respira profundamente antes de hablar. Su vida es incertidumbre, ansiedad, tristeza, pero a pesar de estas adversidades, le sobrevive la esperanza.

Así es como Luvia se sostiene desde hace 4 años, pues desde el 2021 no celebraba una Navidad con su hijo porque  el sistema judicial de Oaxaca, es decir, la jueza determinó que ella no es “buena madre” ni “capaz de cuidar a su hijo” y le dio la custodia a su padre.

Sin tener un número específico de mujeres que sobreviven a esta violencia, en Oaxaca, desde el 2024 el Código Penal del estado tipificó como un delito a la violencia vicaria.

Estableció penas de hasta 13 años de prisión, buscando proteger a las víctimas.

Sin embargo, para Luvia todavía esta Ley es una utopía porque no hay justicia.

Contar esta violencia no es nada sencillo y más aún cuando en estas fechas decembrinas se habla de reconciliación y paz.

Pero Luvia lleva un minucioso recuento -año con año- de cómo esta violencia la ha atormentado en vida.

“La primera Navidad sin él fue de un cansancio profundo. No había ánimo ni fuerzas para celebrar. Pasé esos días en silencio, intentando sostenerme.

“Mi madre me invitó a cenar, pero emocionalmente no podía. Mi hijo tenía apenas cinco años, y la ausencia era demasiado grande”, describe.

Mientras narra, Luvia hace respiraciones profundas para calmarse y luego afirma que es su única forma de salir adelante, aunque parezca increíble.

Describe que la segunda Navidad fue aún más dura, porque no tuvo noticia alguna de su hijo.

“Durante un largo periodo permanecí incomunicada, bajo el señalamiento de que yo representaba un riesgo para mi propio hijo. En esos años, el acompañamiento de mis padres fue fundamental para no perderme a mí misma.La tercera Navidad coincidió con la enfermedad de mi madre. Estuve con mi familia, pero con la herida siempre abierta, sin saber nada de mi niño”, señala.

Mientras sigue contando, Luvia se asombra de cómo el sistema judicial es capaz de señalar, juzgar y determinar.

¿Qué es ser una buena madre? Cuando su pecado fue denunciar la violencia, poner un límite al infierno de violencias que sufría.

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“La cuarta Navidad ocurrió algo que yo puedo describir solo como un pequeño milagro: su padre permitió que pudiera verlo por unos días. Fue la última Navidad con mi madre antes de que partiera, y mi hijo pudo estar también. Ese recuerdo es hoy un refugio”, recuerda.

**Un milagro, mi hijo llegó en Navidad**

Para este 2025, todo cambió y como un “milagro” califica que el sistema judicial le haya otorgado la oportunidad de vivir una Navidad con su hijo después de cuatro años, aunque esta vez ya será sin su mamá.

Señala que el pasado 15 de diciembre, después de mucha angustia y desgaste, le notificaron que para este 2025 tras una resolución judicial, le reconocen el  derecho a convivir con su hijo; sin embargo, aún no hay nada certero.

“Hace cuatro años fui separada de mi hijo. Fue un momento profundamente doloroso, una escena que ninguna madre debería vivir. Mi hijo expresaba miedo y resistencia a convivir con su padre.

“Después de esos encuentros regresaba alterado y vulnerable, y yo hacía lo único que una madre puede hacer: cuidarlo, bañarlo, reconfortarlo, abrazarlo. En casa encontraba calma, seguridad y contención”, dice.

**Vivir violencia vicaria es estar muerta en vida**

Luvia hace una pausa, sigue respirando. Es entonces cuando confiesa que con la violencia vicaria parece que estás muerta en vida, porque son muchas situaciones que se enfrentan, desde la expareja, la familia y el juzgado.

Recuerda que hace 4 años, tras la separación, se acordaron convivencias con el padre de su hijo.

El menor dijo que no quería las convivencias, pero días días después, de manera inesperada y en la madrugada, una actuaria acudió a su domicilio para notificarle que debía presentar a su hijo al día siguiente en el juzgado para una convivencia con su padre.

Se me apercibió que de no hacerlo podría modificarse la guarda y custodia y que se observaría mi conducta procesal.

Esa presión constante me obligó a llevar a mi hijo, aun en contra de su sentir y del mío.

Ella acudió al juzgado un día viernes, cumpliendo y confiando la palabra de las autoridades.

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Su padre se lo llevó y le dijeron que volvería el domingo. Y ese domingo nunca llegó, desde entonces además de la ausencia de su  hijo, enfrentó señalamientos y audiencias de carácter penal derivados de una denuncia que presentó buscando protección.

*No hablo desde el rencor**

Contar su historia para Luvia tiene matices de resiliencia; sin embargo, para lo que muchas familias es reunión y alegría, para ella es vivirla en los juzgados.

Recuerda que hace 4 años, el 24 de diciembre se amplió el plazo de determinación y el 31 de diciembre se resolvió el sobreseimiento por inexistencia de los actos denunciados, bajo el argumento de falta de pruebas.

“Para mí, ese cierre no significó paz, sino una sensación profunda de impotencia, desgaste e indefensión, porque el procedimiento no avanzó sobre los hechos que originalmente había denunciado, sino sobre diversos, con la finalidad de proteger a mi agresor”, señala.

La vida judicializada ya es, por sí misma, profundamente dolorosa, pero cuando a ese proceso se le suma la violencia que puede provenir de la propia maquinaria institucional, el impacto es devastador.

“El dolor de una madre que vive violencia vicaria no es una exageración: es una experiencia que se siente como una muerte en vida. Los hijos no son reemplazables. Las bendiciones no se repiten.

“A veces la vida concede ese privilegio una sola vez, y es entonces cuando se comprende que ese vínculo es el mayor tesoro que una persona puede resguardar”, afirma.

Luvia envía un mensaje a las madres que hoy sobreviven a la violencia vicaria.

“A todas las madres que sienten que ya no pueden más, les mando un abrazo sororo y respetuoso. Descansar también es resistir. Tomar aire no es rendirse.

“Y, cuando sea posible, volver a empezar esta lucha desde el amor y la dignidad es también una forma de valentía.No hablo desde el rencor, sino desde la esperanza”, señala.

Hoy, Luvia tiene ese reencuentro, esta vez su hijo le dirá: “mamá, feliz Navidad”, con la esperanza de que algún día tenga la guarda y custodia de su hijo si conserva la patria potestad.

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