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Laura López, Alba, Suyana y Laura Mahecha, son cuatro mujeres migrantes. Salieron de sus países solas o acompañadas de sus hijas e hijos, para estudiar, para huir de los conflictos políticos y la persecución, también lo hicieron para huir de la violencia de género y la desigualdad que impera en sus países.
Sin embargo, al llegar al territorio Mexicano se dieron cuenta de que las violencias sociales y estructurales como mujeres no eran tan distintas.
En México, las mujeres migrantes representaban el 46% de las personas en situación de movilidad en el año 2020, así lo registró el Instituto Nacional de las Mujeres; mientras que, 4 de cada 10 solicitudes de asilo presentadas ante Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR), también corresponden a este sector de la población.
Por Nubia Villaseñor / @nubiavillasenor (IG)
Ilustraciones por @saraezzy (IG)
“La violencia de la que están escapando no termina en el cruce de una frontera, sino que las va persiguiendo a lo largo de su tránsito” afirma Miriam González, Coordinadora de Comunicación del Instituto para las Mujeres en la Migración (IMUMI). Se refiere a las mujeres que deciden salir de sus países, huyendo del desplazamiento forzado, la violencia de género, los conflictos políticos, las persecuciones, la desigualdad, la falta de educación, la censura, el crimen organizado y los efectos adversos del cambio climático.
Desde hace más de 10 años los flujos migratorios han cambiado y las poblaciones que los atraviesan también. Los hombres ya no son la única figura que puede narrarse en las historias de migración, ahora las mujeres y sus familias, -quienes siempre se han encontrado en las rutas, pero quizá, ocultas, resguardándose de los peligros-, comienzan también a protagonizarlas.
Las historias de Laura López, Alba, Suyana y Laura Mahecha, mujeres en contexto de movilidad humana que llegaron a México, específicamente a Jalisco, dejan en evidencia la hostilidad de los caminos, el tránsito peligroso y las vulnerabilidades que experimentan por su condición de género. Sus historias están marcadas por la persistente violencia -en sus múltiples formas- que les hizo salir de sus países y con las que también se encontraron en la ruta migratoria.
Wilmer J. Hernández, Co-Director Ejecutivo de FM4 Paso Libre, organización que en Jalisco ofrece atención humanitaria, jurídica y psicosocial a personas migrantes en tránsito y refugiadas dentro del estado, reconoce que, entre las violencias que más suelen enfrentar las mujeres en situación de movilidad humana la trata de personas e, incluso, las desapariciones forzadas.
Por su parte, Gauri Porras Co-Directora Ejecutiva de FM4 Paso Libre, explica que frente a las violencias sociales y estructurales, así como, derivado de las vulneraciones que experimentan en su camino (provocadas por el crimen organizado o el propio Estado) el anonimato parece ser la mejor estrategia, aunque éste les cueste también quiénes son: “ya no es necesario borrarles la identidad, porque están sin identidad” comparte.
Alba, de Venezuela, migró con sus dos hijos, de 14 y 28 años, su tránsito fue terrestre, y para ella no hay peor realidad que la que vivió en México. Dejó Venezuela por el conflicto político actual; pertenecía a un grupo de venezolanos que no están de acuerdo con el actual sistema de Gobierno.
Empezó a experimentar retenciones en sus beneficios laborales, señalamientos y acoso, a lo que ella respondió con una serie de denuncias.
Cerca de las elecciones venezolanas, Alba pensó: “aquí va a suceder un desastre y pues así fue, hay miles de personas que están desaparecidas, otros están detenidos en condiciones infrahumanas, en sótanos donde no tienen luz ni sol, no tienen derecho a que el abogado converse con ellos y lo pensé muy bien y dije: ¡yo me voy!”.
Tomó algunas de sus pertenencias junto con las de sus hijos y los tres salieron de su país esperando que en su destino las cosas estuvieran mejor.
Caminantas es una organización en Guadalajara que acompaña y orienta a las mujeres migrantes y refugiadas; Mariangel Vielma, integrante de la organización, explica que las personas que deciden salir de sus países en Latinoamérica, se suelen enfrentar a abusos policiales, contextos hostiles y de violencia. Así lo vivieron Alba y su familia. Al llegar a Colombia cuenta que vivieron su primera extorsión por parte del Estado y de los agentes migratorios: “gracias a Dios ahí tenía dinero”, recuerda.
“Estuvimos seis días caminando en el Darién, rezando y pensando que todo iba a ser mejor, pero hay algo que realmente nadie te cuenta, ni en Twitter, ni en Facebook, y es que la realidad en México es mucho peor que pasar mil veces por el Darién”, narra Alba, mujer venezolana que desde medio año migró a Jalisco acompañada de su hijo de 14 años.
En México, la familia vivió un secuestro: “nunca me negué a pagar dinero, sabía que tenía que hacer varias llamadas para conseguirlo” menciona Alba. Al respecto, Mariangel señala que “muchas personas nos han reportado que han hecho el viaje completo desde Colombia, cruzando el Darién, Panamá y llegan a México, y dicen que la parte más difícil es México”.
Alba narra que estuvo cinco días secuestrada, durante este tiempo sus captores la violentaron y la amenazaron para que cediera al pago de 12 mil dólares. Finalmente, cuando los consiguió, la dejaron ir junto a sus hijos, pero antes, la llevaron contra su voluntad a un lugar que identifica como “un prostíbulo” y un “motel” donde ejercieron violencia sexual en su contra.
ONU Mujeres en el año 2023, reconoce que 1 de cada 5 mujeres refugiadas o desplazadas ha sido víctima de violencia sexual.
Si bien, las mujeres migrantes sufren una serie de delitos durante sus procesos migratorios, pocas veces los denuncian. En México, la Secretaría de Gobernación registró 569 denuncias interpuestas por personas migrantes irregulares durante el año 2023. ¿Cómo denunciar sin papeles, cómo denunciar si debes seguir avanzando, cómo se denuncia cuando no conoces el sistema de justicia? se cuestiona Alba.
“Si fuera por mí denunciaría, pero quién resguarda la integridad de mi familia y de mis hijos, aun cuando yo ya tenga un permiso de permanencia o voto o una identidad aquí, ¿realmente van a ocurrir acciones o sencillamente va a haber una resolución en contra mía?”
Valeria Orozco, trabajadora social de Casa del Migrante Scalabrini A.C. en Guadalajara, explica que hay una suma de situaciones contextuales, estructurales e institucionales que dificultan a las mujeres en contexto de movilidad humana denunciar un delito del que fueron víctimas, entre ellas el temor a sufrir algún tipo de consecuencia por parte de sus agresores, ya sean autoridades o grupos criminales:
“Implica moverse a diferentes instancias geográficamente, en una ciudad que no conocen y no sabes cómo hacerlo, implica pasajes que no pueden pagar porque no tienen empleo y existe el miedo a las represalias, también las mujeres no se sienten seguras de poder hacer la denuncia porque les hace pensar que eso podría vulnerarlas aún más y esto lleva a la normalización de la violencia”.
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