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Oficios en resistencia | Cayetano, el vendedor de revistas impresas

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  • “Ahorita prácticamente estoy sobreviviendo, uno llega a una edad que para dónde corres, ya chamba no hay, nos tenemos que aguantar hasta lo último”.

POR: JOSUÉ DAVID PIÑA

El mercado de las publicaciones impresas en la actualidad se encuentra en una encrucijada por sobrevivir en un mundo donde el consumo de la lectura —en su mayoría— es a través de internet. En los últimos años muchas revistas y periódicos han abandonado el formato físico para mudarse enteramente a lo digital, y de este modo, adaptarse a los tiempos actuales para no morir.

Durante mucho tiempo estos bienes culturales fueron el sostén de la cultura de masas, definida a su vez por los medios masivos de comunicación donde se integraban también la radio y televisión.

Sin embargo, el auge y gran recibimiento de las redes sociales en la sociedad, así como el uso de teléfonos inteligentes vino a modificar la manera en que las personas se informan, haciendo a un lado la práctica de la lectura y su relación íntima con el contacto de libros, periódicos y otros impresos.

En esta sacudida vertiginosa del progreso todavía podemos encontrar personajes y oficios que viven en constante resistencia a los cambios tecnológicos, muchas veces impuestos por intereses ajenos a nuestra voluntad.

Aguantar hasta donde se pueda es el lema de Cayetano Velázquez Aispuro, una figura anacrónica que se planta de cara al mundo hiperinformado y al bombardeo de contenidos digitales. Cayetano solo conoce esta otra realidad tangible, la de las revistas, libros y periódicos impresos; sus texturas, sus olores, los sonidos al ojearlos: la satisfacción de concluir alguna lectura.

Con 37 años con su puesto de revistas en la misma esquina de la calle Rafael Buelna con Domingo Rubí, este ícono urbano ha visto caer y nacer empresas y negocios de inversiones considerables a su alrededor. Recuerda con nostalgia el fin de una era en Culiacán con el cierre de la cadena de supermercados MZ, cuyas oficinas administrativas se encontraban contra esquina de su estanquillo.

La pandemia mundial de Covid-19 todavía activa fue la última gran adversidad a la que Cayetano tuvo que hacer frente; y aun así, se mantiene firme.

“En aquellos años había muchos títulos de revistas, todo esto estaba retacado, que esperanza que tuviera repetir los títulos como están hoy ahí… no. Eran puras revistas diferentes, casi ni cabían en mi puesto”, recuerda detalladamente.

El mundo laboral de Cayetano siempre ha estado ligado al giro editorial, mucho antes, cuando era joven,  —hoy nuestro personaje tiene 65 años de edad— trabajó en una distribuidora llamada Sonomex. Aquella es una empresa ya extinta, pero en su momento todas las revistas y periódicos de alcance nacional llegaban allí, se almacenaban y posteriormente se distribuían a todos los puestos de revistas y librerías de la ciudad.

“Yo era almacenista, luego un camarada tenía este puesto, me dijo ‘Cayetano ya no puedo manejar el changarro, si lo quieres, me dijo’, ahí le pagué como pude, me los traspasó prácticamente”, explica.

Kalimán, La Alarma, Valle de Lágrimas, El Libro Vaquero, Semanal; hace 30 años esos impresos se encontraban en su apogeo comercial en México y Cayetano se beneficiaba en gran medida por los consumidores de esas lecturas. Aunque sostiene que otro ingreso fuerte representaba la venta de periódicos, principalmente Noroeste, El Debate El Sol.

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A su vez, hoy en día su puesto de revistas es uno de los pocos lugares de Culiacán donde se pueden conseguir diarios nacionales como El Universal, Reforma y La Jornada, aunque en el presente solo le surten diez ejemplares de cada uno al día donde llega a vender escasos 5 ó 6.  

Cayetano es un personaje popular entre reporteros y periodistas locales, donde incluso el difunto Javier Valdez acudía diariamente a su estanquillo a recibir su número gratuito de La Jornada por haber sido corresponsal de este diario.

“El como era corresponsal era suscriptor, no le costaba, la misma Jornada se lo obsequiaba. El distribuidor me decía ‘tal fulano va pasar por su número’. Él era el único suscriptor aquí de algún periódico”, precisa.

Otra dinámica particular en torno al estanquillo de Cayetano, único en la ciudad, es también el acercamiento de ciertos escritores locales con él quienes de manera esporádica le hacen llegar sus obras para ofrecerse a la venta.

Al preguntarle cómo se fue dando esta costumbre, responde que entre todas las revistas que llegaban años atrás, en ocasiones venían acompañados de libros compartidos por las mismas editoriales. Por lo que en ese tiempo en su puesto también era común observar libros de diversos autores y temáticas.

“La gente miraba que yo también vendía libros. En una de esas me dijeron ‘Cayetano te voy a dejar uno de mis libros a ver si vende alguno o cuando menos que lo vean’, así es como dos o tres escritores también hacen la lucha, hay veces que no se les vende ninguno, pero la lucha le hacemos”, comenta.

Entre los libros que se llegaron a vender más mediante este acuerdo, entre él y sus autores, se encuentra la novela Tierra Blanca, del escritor sinaloense Leónidas Alfaro.

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Ese libro se vendió bien. Yo le guardaba el dinero de las ventas, y él en cambio,  me daba una pequeña comisión”, explica.

A pesar que el vendedor de revistas de la esquina de la calle Rafael Buelna con Domingo Rubí cuenta con casi cuatro décadas de labores, su permanencia en el primer cuadro de la ciudad no ha sido sencilla. Uno de los episodios más dramáticos de su oficio lo vivió en el 2008 cuando una tienda de zapatos que había en ese entonces frente a su puesto, intentó desalojarlo de manera tajante argumentando molestias de parte de sus clientes.

Las gestiones hostiles llegaron a tal grado que lo mandaron llamar del Ayuntamiento de Culiacán, comenta, para informarle que reubicarían su puesto de revistas a otra calle, una con menos afluencia de transeúntes.

Cayetano estaba a punto de resignarse dado que optó por no generar algún tipo de protesta o escándalo. En ese transcurso, mientras tanto, vio publicado en los mismos periódicos que vendía reportajes exponiendo el abuso del que estaba siendo víctima. El Sol de Sinaloa, El Debate, Noroeste, como si todos se hubieran puesto de acuerdo comenzaron hacer eco del asunto, que para entonces ya se había convertido en la nota más mediática de esos días.

“Mucha raza hablaba bien de mí, todos los periódicos me apoyaron diciendo que yo ya era un ícono de la ciudad, toda la raza me echaba de gritos. La opinión pública me apoyó machín, pero primero sí me la vi dura. Me mandaron hablar que me iban a reubicar a otro lugar menos transitado. Yo ni sabía que la raza me andaba apoyando, yo nomás aguantando, no ocupé andar de chismoso”, recalca.

Conforme los avances tecnológicos van modificando las relaciones sociales, muchos oficios alrededor del mundo se han vuelto raros o extravagantes. Algunos pensarán que ya no hay cabida para un puesto de revistas impresas en un mundo interconectado por las redes digitales. La realidad es que el ejemplo de Cayetano se inserta en los cambios históricos que ha vivido la humanidad a través del tiempo entre las relaciones de producción y sus fuerzas productivas.

“Ahorita prácticamente estoy sobreviviendo, uno llega a una edad que para dónde corres, ya chamba no hay, nos tenemos que aguantar hasta lo último”.

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