Flavio Sosa Villavicencio
(Pagina3).-Moriré como muere un día jueves: nublado, sin efemérides relevantes, sin pájaros…
Moriré como muere un jueves: sin música de banda. Pero antes quiero contarles:
Decía la gente que mi abuelo era brujo. Él conocía el cerro y sus secretos, las piedras, las mojoneras, las yerbas malas y buenas, los lugares pesados, las cuevas, los veneros, las flores y sus encantos, los pájaros y sus cantos.
Él me veía y no paraba de hablar: todo me contaba. Quería que todo lo supiera. Con él aprendí de los días y de sus virtudes, de todo lo que auguran y esconden. Los días adivinan el año y son el mejor oráculo, me explicaba, los días van acompañados por los astros.
Mi abuelo me dijo un día: el compadre Manuel mató víbora en viernes.
Miré al viernes de cabo a rabo. Ese era un día extraño, de lechuzas cantantes, cielos rojos y campos de cempasúchil.
Era viernes de olores dulces en el mercado, viernes de merolicos, de la mujer que se convirtió en araña por una maldición de sus padres.
Hasta ese día yo amaba los domingos, sus mamones y sus nieves de leche quemada con tuna, sus explosiones en la iglesia que volvían locos a los perros, el perfume fiestero de los calzones de las muchachas de mi pueblo.
Hasta ese día yo amaba. Tal vez deba decir que hasta ese día no entendía el amor, porque ese viernes conocí a Guadalupe, ese viernes mi vida se trastornó y así, trastornado como estoy, entendí a mi abuelo.
Creo que yo también maté víbora en viernes.
