SEATTLE, WASHINGTON.-La bruma se precipita veloz, como un torbellino procedente del Pacífico. Los jornaleros caminan entre los surcos con decenas de flores entre los brazos. Sus siluetas se pierden entre la blancuzca neblina que los va envolviendo hasta desaparecerlos en los campos agrícolas al norte de Seattle, Washington; después, cae una llovizna tenue que congela más el lugar.
Al este de la ciudad de Mont Vernon, condado de Skagit, es común que los cortadores de flores se pierdan entre los sembradíos por la nubosidad. Del sol, ni hablar, los migrantes apenas pueden mirarlo tres o cuatro veces durante los tres meses de invierno.
Así, transcurren todos los días. Los jornaleros con gruesas chamarras caminan entre las canaletas de agua helada; tijeras en mano, recogen las flores que van seleccionando con sumo cuidado para que no se maltraten; después las colocan en cajas de madera y de ahí al mercado de las principales ciudades de Estados Unidos.
Entre surcos de arcoíris de tulipanes camina Paulino, que viene de Tierra Colorada, municipio de Jicayán de la Flores, Oaxaca. Él y muchos otros jornaleros que trabajan en esta zona vienen de las zonas marginadas de Oaxaca y Guerrero. Antes de cortar flores, Paulino aprendió todos los oficios de la agricultura: cortador de tomate en los surcos de Sinaloa; piscador de fresas y mora en San Quintín, Baja California.
Recorrió los principales campos agrícolas de México, hasta que se animó migrar al corte de fresa en la región de Valles Centrales, California.
“Antes de llegar aquí, estuve en Santa María, California; ahí corté fresas, luego uvas; cuando terminaron esos cultivos seguí buscando trabajo, hasta que llegué a cortar manzanas; ahora corto flores”, dice entre risas.
Nació en una comunidad ñuu savi (mixteca), pero en el camino se encontró, primero, con sus primos y sus sobrinos, y después, con el tío. Con ellos fundaron un grupo musical, Los aferrados del Arroyo, para cantar en su lengua materna en Washington.
A pesar de que los ventarrones del condado de Skagit azotan a los campesinos entre el colorido de tulipanes, Paulino sigue cortando flores, y dice que para no morir de tristeza lejos de la tierra que los vio nacer y después los expulsó de ahí por la pobreza, se juntaron como gotas de lluvia para cantar en su lengua materna, tu’un savi.
Mientras el na savi («gente de la lluvia»), como ellos se denominan, entreteje su historia en el corte de la flor, las figuras escuálidas de los cortadores de tulipanes van desapareciendo entre los surcos por la distancia y la neblina. Si no fuera por el castañeo de los dientes, se podría imaginar que están muertos; sin embargo, los movimientos en zigzag hacen que haya vida.
El oaxaqueño aclara: “Soy el único de Los Aferrados que anda acá cortando flores. Mi tío, mi primo y mi sobrino andan en otro jale; con ellos nos vemos en la noche para ver si hay ‘tocada’ los fines de semana. Nos invitan a cantar en bautizos, bodas y bailes comunitarios”.
A los jornaleros se les engarrotan las extremidades por el frío; al verlos de cerca se puede apreciar su piel marchita y sus labios tostados por la helada. La jornada diaria es el infierno. Pero el colorido de las flores primaverales en Washington impide que los campesinos se mueran lentamente.
A veces, por azar llegan los rayos del sol, aunque sea media hora para iluminar el día y hace que se distingan los tonos de los tulipanes. Esto lo aprovechan cientos de turistas para fotografiarse y disfrutar la belleza.
La mayoría de los jornaleros que trabajan en el corte de tulipanes ha recorrido los campos agrícolas de Michoacán, Jalisco, Colima, Guanajuato, Sinaloa, Sonora; y su punto final en México es el Valle de San Quintín, Baja California, de donde saltan a los campos de cultivos de California, Oregón y Washington, para cosechar hortalizas, frutas y flores. Su vida se parece a la de las golondrinas: hacen paradas por temporadas de forma cíclica.
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